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Tus fotos

Para Humberto chico, Miriam y Daniela (en orden de aparición)

Como a todo padre, me gusta mirar y remirar tus fotos de bebé. Pero creo que me engolosino más con las fotos que yo no tomé, las de estudio o las tomadas por una cabina automática, como las que te saqué cuando me enteré, a las ocho de la noche, que al día siguiente debías llevar al kínder dos fotos tamaño infantil (de qué otro tamaño podían ser). O con esas en las que posas como modelo profesional para un fotógrafo de fiesta infantil y tu melena rizada brilla con el sol casi tanto como tu sonrisa. O esas otras en las que tienes la expresión de un astronauta a punto de subir a la nave, segura de que regresarás a salvo y con éxito. En esas imágenes me gusta encontrar gestos que predicen tu adolescencia y tu adultez actual.
En alguna foto creo encontrar el anuncio de alguno de tus insightsdeslumbrantes, en otra, el origen de esas frases sorpresivas que siempre estoy esperando, esas con las que me confrontas, convences, desarmas o iluminas. A veces estoy seguro de que en un retrato estás anunciando tu compromiso actual con tus convicciones.
Ya sé, a toro pasado cualquiera hace predicciones. Por eso, a veces caigo en la tentación de intentar predecir a la persona adulta que serás a partir de lo que veo ahora. Pero rápido recuerdo que lo mejor es seguir maravillándome con tu crecimiento, sin esperar nada, sólo disfrutar de tu alegría.

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¿Quien debe pedir perdón a los pueblos indígenas?

Que España pida perdón por la conquista y colonización hecha por sus antepasados sobre las naciones habitantes de lo que hoy es America Latina (no sobre México, que no existía) me parece innecesario. Pero no sería tan descabellado que sus gobernantes reconocieran y lamentaran la invasión y el sometimiento, la violencia y el despojo sufrido por aquellos pueblos, pues, a pesar de que lo que dice su rey, sí es posible juzgar esos hechos desde hoy, simplemente porque ésos y otros hechos similares también fueron juzgados en su momento. Los pueblos ibéricos no aceptaron con gusto la ocupación árabe y lucharon contra ella hasta terminarla poco antes de dirigirse a estas tierras.

Lo impertinente, por decir lo menos, es pedirle a España que pida perdón desde la cabeza de otro Estado que ha estado oprimiendo, discriminando y tratando de desaparecer a los herederos de las naciones mesoamericanas durante dos siglos, incluyendo el tiempo que, para nuestro actual presidente, es la época dorada de la vida pública mexicana: los años del priato hasta el fin del sexenio de José López Portillo.

No se puede hacer un llamado así de manera congruente desde un gobierno que, en esta materia, no se ha distanciado todavía de los anteriores y no tiene mejor propuesta para los pueblos originarios (enfatizo el plural, pues no son todos una misma cosa) que convertirlos en beneficiarios de programas sociales (al estilo neoliberal). El nuevo gobierno ni siquiera ha asumido explícitamente los derechos que esos pueblos tienen según la legislación internacional firmada por México (la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas y el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, el que prescribe las consultas previas, libres e informadas a los pueblos originarios cuando se proyectan políticas públicas que los pueden afectar) y la nacional (artículo 2o. constitucional, entre otras normas).

Por otra parte, las respuestas internas y externas a favor y en contra de la carta de López Obrador al Rey de España en su mayor parte reflejan el racismo que se ha instalado en la sociedad a la par de las políticas hacia los pueblos indígenas (las expresiones anti-hispanas se adentran más en la estupidez que en la xenofobia). Es una discriminación que busca la desaparición o el blanqueo de la población indígena. Sí, tan blanqueo es querer mezclarlos para aclarar su piel o castellanizarlos a la fuerza como idealizarlos y atribuirles una esencia inmutable y excepcional. Con frecuencia, una y otra forma de blanqueo coexisten en las mismas personas y en las mismas políticas. La forma más ordinaria de combinar los dos tipos de blanqueo se da al confinar el valor de los pueblos indígenas en el pasado remoto y apropiárnoslo, mientras que en el presente se folcloriza e ignora a esos grupos.

Un ejemplo de esto último se puede ver en la mención superficial de sus derechos educativos en el dictamen aprobado la semana pasada en las Comisiones Unidas de Educación y Puntos Constitucionales de la Cámara de Diputados. Adelfo Regino Montes, Director General del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas, había propuesto el siguiente texto para un nuevo inciso f) del artículo 3o., fracción II:

f) (La educación) Será intercultural, incluirá la educación indígena respetando y preservando su patrimonio histórico y cultural. En las zonas con población indígena se asegurará la impartición de educación indígena plurilingüe e intercultural, para todos los educandos”.

Lo que se votó el 27 de marzo después del manoseo en las comisiones unidas fue:

En las comunidades y pueblos indígenas se impartirá educación plurilingüe y pluricultural con base al respeto, promoción y preservación del patrimonio histórico y cultural.

A mi juicio, la propuesta de Adelfo Regino se quedó corta respecto de lo que un pueblo puede esperar de su educación, pero, en todo caso, hablaba de la educación intercultural con respeto para el patrimonio histórico de esos pueblos. Lo que quedó en el dictamen que se presentará al pleno de la Cámara de Diputados es una educación pluricultural, término este último que pone el énfasis en la cantidad de culturas y no en su entendimiento, como lo plantea la noción de interculturalidad. Además, hay una clara confusión del término pueblo como sujeto de derecho y y de pueblo como asentamiento humano. Pero, más que todo lo anterior, el patrimonio ya no es de los pueblos indígenas (su patrimonio), sino nuestro (el patrimonio). Resulta que respetar ese patrimonio del pasado es importante porque es de los mexicanos en su conjunto, no porque ese patrimonio es parte de la vida actual de los pueblos indígenas. Entonces, lo que quieren los pueblos indígenas para ellos, hoy, a partir de su patrimonio, no es importante.

Si se quiere abrir una época de cambio (los resultados electorales del año pasado la pidieron, pero la toma de posesión no la instauró automáticamente), convendría hacer buenos los primeros cuatro párrafos del artículo 2o. de nuestra constitución política:

La Nación tiene una composición pluricultural sustentada originalmente en sus pueblos indígenas que son aquellos que descienden de poblaciones que habitaban en el territorio actual del país al iniciarse la colonización y que conservan sus propias instituciones sociales, económicas, culturales y políticas, o parte de ellas.

La conciencia de su identidad indígena deberá ser criterio fundamental para determinar a quiénes se aplican las disposiciones sobre pueblos indígenas.

Son comunidades integrantes de un pueblo indígena, aquellas que formen una unidad social, económica y cultural, asentadas en un territorio y que reconocen autoridades propias de acuerdo con sus usos y costumbres.

El derecho de los pueblos indígenas a la libre determinación se ejercerá en un marco constitucional de autonomía que asegure la unidad nacional. El reconocimiento de los pueblos y comunidades indígenas se hará en las constituciones y leyes de las entidades federativas, las que deberán tomar en cuenta, además de los principios generales establecidos en los párrafos anteriores de este artículo, criterios etnolingüísticos y de asentamiento físico.

¿Está clarísimo cómo poner en práctica esos párrafos? No. ¿Es sencillo? No. Pero es lo que hoy manda nuestra Carta Magna y los consensos de Naciones Unidas que hemos firmado, y no lo hemos llevado a la práctica.

¿Quien debe pedir perdón a los pueblos indígenas? El Estado Mexicano y nosotros, los mexicanos no indígenas, aquí, hoy.

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De maestros y alumnos, iluminados y alimentados

A las maestras y los maestros en su día, en especial, a la memoria de los maestros
María Amparo Navarro y Humberto Rivera Gómez

Un palomazo etimológico

Hace algunos años, en una junta de trabajo en el medio educativo, uno de los asistentes, un funcionario de un organismo internacional, visiblemente exaltado, interrumpió la discusión en curso para exhortarnos a desechar la palabra “alumno”. Con la seguridad que le daba ser funcionario de organismo internacional, nos explicó que ese término era ofensivo para quienes deberíamos llamar estudiantes, porque alumno significaba iluminado. Algo me decía que ése no era el significado de alumno. Pero, sobre todo, me preguntaba: si ése fuera el significado, ¿por qué sería ofensivo?

Algunas horas después, ya en casa, mis sospechas acerca de nuestro etimólogo de ocasión resultaron ciertas. El Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana, de Joan Coromines, dice de “alumno”: “1605. Tom. del lat. alumnus ‘persona criada por otra’, y éste de un antiguo participio de alēre, ‘alimentar’”. Según esta definición, un alumno es alguien alimentado o criado por un maestro; ninguna referencia a ser iluminado. (Recientemente, supe de una versión más sofisticada de esta falsa etimología: la a- es privativa, por lo que el alumno es “el sin luz”).

También consulté “estudiante”, palabra que viene de un participio activo, como ser puede ver en el Diccionario de la lengua española en línea, y significa: “adj. Que estudia. U.m.c.s” (esa abreviatura significa “usado más como sustantivo”).

Un alumno es objeto de la acción de otro, mientras que un estudiante realiza la acción de estudiar. Esto me hace estar de acuerdo con el etimólogo internacional en cuanto a preferir la expresión estudiante para designar a quienes, en una relación de enseñanza-aprendizaje, desempeñan el papel de aprendiente (si alguien duda de la existencia de este vocablo, consulte el diccionario).

Estoy de acuerdo con denominar a las personas o sus funciones de la manera que mejor pone de relieve la naturaleza de esas personas y funciones. Y, estoy seguro, si un estudiante no estudia, es decir, si no es un agente activo, no aprenderá. Pero no creo que todos los que llamamos estudiantes de verdad lo sean. Tampoco acepto que la palabra alumno deba ser desterrada de nuestro vocabulario porque destaca la intervención de los docentes, si bien admito que no todos los maestros alimentan a sus alumnos.

¿Por qué es tan malo ser alumno?

Encuentro una consonancia entre el rechazo de aquel funcionario internacional a la palabra alumnos y un cierto clima ideológico  que he observado en algunos educadores y en observadores de los procesos educativos. Ese clima se basa, a mi parecer, en dos supuestos.

El primer supuesto es que, si le damos un nombre a algo, por ese hecho, ese algo se convierte en lo que denota el nombre. Es una forma del pensamiento mágico que se manifiesta frecuentemente en el quehacer educativo, sobre todo entre algunos funcionarios y expertos que los acompañan. Piensan que basta llamar de una forma nueva a las cosas para revolucionar el sistema educativo o parte de él. (Hay que reconocer que, a veces, basta para vender una asesoría o un curso o conseguir la publicación de un libro). Muchos docentes han identificado esta forma de proceder y suelen no creer a los reformadores. Con demasiada frecuencia, tienen razón.

El otro supuesto erróneo es que promover una participación más activa de los estudiantes en su aprendizaje va de la mano con desdibujar al docente y, de pasada, al currículo y a la didáctica, factores que, más bien, obstaculizan el aprendizaje. Los estudiantes tienen una sabiduría mayor que la de cualquier intento educativo. Lo mejor es dejarlos solos para que aprendan (perdón, desarrollen competencias, para usar una expresión que de verdad hará que aprendan). Al disminuir la importancia del docente parece asumirse que la docencia es una actividad que no se puede racionalizar, que no hay ciencia en ella, que sus métodos son arbitrarios. Es decir, que no es una profesión.

Mi hipótesis es que estas creencias vienen de una mala interpretación de las propuestas de psicólogos y pedagogos que han buscado liberar el potencial de aprendizaje de las personas y han criticado a los sistemas y profesionales que lo acotan. Estos pensadores han desmontado conceptualmente las prácticas educativas que ven a las niñas, niños y adolescentes como recipientes a llenar. Desafortunadamente, su labor no ha terminado, porque la educación sigue lastrada por esas concepciones. Pero no creo que Freire, Montessori, Rogers y tantos otros propusieran un papel pasivo para los y las docentes sino un papel muy activo.

Maestras y maestros de los buenos

Una maestra que no cree que ella sola puede llenar de conocimiento a sus estudiantes, es decir, una que favorece la actividad de los estudiantes para aprender, debe ser doblemente activa. No puede quedarse en la exposición de datos o en tomar la lección, mucho menos puede contentarse con contemplar cómo sus estudiantes batallan bajo el pretexto del respeto a la libertad.

Un buen maestro conoce bien el contenido que se espera que los estudiantes aprendan y para qué, reconoce los varios caminos y ritmos para llegar al aprendizaje y cómo se puede ayudar a sus estudiantes a salvar los obstáculos que se pueden encontrar por cada camino. El buen docente está al tanto del progreso de sus estudiantes y busca en su experiencia y formación la manera de ir aportando retos, reconocimiento, corrección, aliento, información y, cuando se requiere, incluso consuelo. También, a veces, puede darse cuenta de que debe refrenarse de intervenir. Y eso también es hacer algo. ¿Casi nada, verdad?

Estas acciones realizadas sobre los estudiantes se pueden designar como guiar, orientar o facilitar, pero no veo problema en decirles alimentar o iluminar. En todos esos verbos existe una acción del docente sobre el estudiante que no consiste en imponerle la memorización sin sentido ni la aceptación acrítica de valores.

El quehacer docente es muy complejo. No es un apostolado que se emprende sin esperar nada a cambio ni es la mera contrapartida de un salario, como ningún trabajo debería ser. Es una profesión con teorías y técnicas, con experiencia acumulada y compartida, que ni las burocracias ni las ocurrencias seudorrevolucionarias deberían ocultar.

Autodidactismo y pedagogenia

Sin duda, siempre han existido personas capaces de aprender sólo con su inteligencia y una buena biblioteca. ¿Pero, es posible la utopía de estudiantes que aprendan por su cuenta sin la ayuda de nadie? No, si se quiere hacer propia una parte significativa del caudal de conocimiento acumulado por la humanidad en un tiempo razonable, digamos, una vida. No, si se quiere plantearse esos problemas clave de la vida humana e ir tomando posturas ante ellos de manera inteligente, creativa, compasiva y solidaria. Es necesaria la ayuda de instrumentos (como los libros de las bibliotecas) y de otras personas que representan y condensan el aprendizaje logrado por la humanidad a lo largo de milenios, son conscientes de la estructura del conocimiento y de las estrategias para alcanzarlo.

Estoy convencido de que no todos los maestros ayudan a sus estudiantes a aprender; que algunos no pueden decir que representan o condensan el saber de la humanidad y que muchos de los problemas que observamos en los procesos educativos se podrían tildar (haciendo un paralelo con la iatrogenia en medicina) de pedagogénicos. Esto es, son producidos por quien enseña o por el proceso de enseñar. Pero, aunque es un recurso muy manido, me atrevo a decir de la escuela, de la institución escolar, lo mismo que Churchill dijo de la democracia: es el peor instrumento para transmitir la cultura de una sociedad a sus jóvenes (y de favorecer su creatividad) con excepción de todos los demás instrumentos.

Alimentado e iluminado

En mi experiencia he sido alimentado e iluminado por geniales docentes, a quienes agradezco saber aparecer y desaparecer, dejarme solo y acompañarme, permitirme encontrar mis soluciones y deshacer un nudo cuando era necesario. En aproximado orden cronológico, Francisco Javier, Cristina, Rosy, Miguel, Paco, Jaime, Germán, José Luis, Silvia, Edgar, Nora, Gabriel, Lucía, Detlef, Laura, Juan, Ann, Tere, Carlos y muchos más que no alcanzo a nombrar: me siento honrado de ser su alumno.

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Las parejas homosexuales ante las religiones. Fe, libertad y estado de derecho.

Las parejas del mismo sexo serán consideradas apóstatas por la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y podrían ser excomulgadas, según los cambios introducidos en su Manual de Instrucciones la semana pasada (el manual no está disponible en línea para todo público, pero se puede conocer la postura de la iglesia mormona a través de esta entrevista. Sus hijos no podrán ser parte de la iglesia hasta los 18 años y sólo si rechazan las relaciones entre personas del mismo sexo y dejan la casa de sus padres o madres.

Al mismo tiempo, la iglesia mormona ha ido mostrando una postura más tolerante de las parejas homosexuales en la sociedad en general y ha aceptado y hasta promovido las leyes en contra de la discriminación contra aquéllas. Uno de sus líderes declaró que las leyes antidiscriminatorias deben ser acatadas por los funcionarios públicos sin importar sus creencias personales.

Este caso de doble postura me parece digno de ser retomado en las discusiones mexicanas. Por una parte, la iglesia mormona respeta la ley civil a pesar de sus profundas convicciones acerca de la inmoralidad de las relaciones homosexuales. Eso es lo menos que podríamos esperar de las iglesias mexicanas de todas las denominaciones.

Por otra parte, las autoridades mormonas hacen lo que toda autoridad de una organización hace: definir sus reglas de ingreso y permanencia. Desde algunas perspectivas parecen arbitrarias o contradictorias, por decir lo menos, y aportan mucho al estudio del papel de las religiones en la sociedad, pero son suyas. Cualquier persona puede formar un grupo y decidir quién puede entrar y qué debe hacer para conservar su membresía. Yo, por ejemplo, podría crear un club al que sólo pudieran ingresar individuos que gusten de la música de The Beatles y que quieran compartir este aprecio con los otros miembros del club y con los externos a él. No importaría el sexo, la edad o la profesión, pero serían indispensables las características expresadas arriba. Alguien que despreciara la música del cuarteto, sería inelegible. Si ya estuviera dentro del club y se descubriera su actitud real hacia The Beatles, se le expulsaría. Me parece que es obvio que no tendría razón para quejarse.

¿Para qué poner este ejemplo junto al de la iglesia mormona? Porque ellos tienen todo el derecho de dar a su club las reglas que deseen. Quien quiera pertenecer a ese grupo, debe acatar esas reglas.

Yo mismo planteo una objeción a lo que acabo de escribir. Ser parte de una iglesia no es lo mismo que ser miembro de un club cultural. Esa pertenencia suele estar ligada no sólo a los valores más profundos de las personas sino a su identidad, a su historia personal. La mayoría de las personas creyentes han nacido y crecido en una iglesia y ser feligreses de ella es parte de su naturaleza. Incluso abrazar una fe en la edad adulta es una decisión de gran peso y producto de un proceso íntimo de cambio. Sea uno creyente desde la infancia o desde más tarde, ser expulsado o salirse por propia voluntad debido a desacuerdos con la iglesia, es una experiencia muy dolorosa.

¿Las iglesias tendrían que considerar los sentimientos y características de sus integrantes antes de imponer reglas por consideraciones doctrinales? ¿El Estado debería imponer a las iglesias normas internas antidiscriminatorias? ¿Los individuos deberían conformarse a las leyes de las iglesias en las que creen aunque éstas vayan en contra de otros elementos constitutivos de su personalidad?

Mis respuestas a estas preguntas son: quizá, no y no. En todo caso, pienso que los creyentes de las iglesias se podrían beneficiar de ver a éstas desde un punto de vista sociológico, es decir, desnaturalizarlas, lo que en este caso es lo mismo que desdivinizarlas. Por eso mi ejemplo del club. Un club de The Beatles no es menos una construcción social arbitraria que una iglesia. Tiene líderes e integrantes humanos que obedecen a una variedad de motivaciones. Los feligreses pueden atribuirles una autoridad y una validez divina a sus dichos y hechos pero la posición de poder de esos líderes, así como sus acciones y opiniones siguen siendo producto de relaciones sociales. La fijación de leyes y la toma decisiones podría ser democrática o autocrática. La mayoría de las iglesias tienen lo segundo.

Pero, si los creyentes quitan el carácter divino a sus líderes y estructuras religiosas, ¿qué queda de su fe? Esa pregunta se la debe contestar cada creyente que no está completamente de acuerdo con su institución. Mi impresión es que las personas con profundas convicciones religiosas siempre pueden conservar la esencia de ellas al tiempo que deciden que sus obispos, apóstoles, pastores, rabinos y gurús son tan divinos como el presidente del club de The Beatles. Algunas deciden permanecer en sus iglesias y luchar para hacerlas más democráticas, otras prefieren ejercer su fe al margen de esas instituciones.

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En esencia

Ese sonido no es de una ola engrosándose mientras se desliza hacia la orilla. En esta calle vacía en sábado por la tarde, se trata de un automóvil de motor fino y, supongo, nuevo. Pero por un segundo, gracias a la brisa y a la comodidad de la silla sobre la que bebo un café cargado, me imagino en Veracruz y disfruto la esencia de unas vacaciones.

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Tweetbalas: la discriminación cotidiana hecha visible

México es balaceado por la discriminación en Twitter. Esa es la persuasiva afirmación de un arma que dispara una bala de pintura sobre una pared con la palabra «México» cada vez que en las cuentas de Twitter mexicanas se acumulan 20 nuevos twits con una etiqueta o hashtag discriminatorios. Se trata de la instalación #tweetbalas, que se puede ver en el Museo Memoria y Tolerancia o en el sitio web tweetbalas.com (aunque, al escribir esto, la transmisión estaba suspendida).

Las etiquetas que hacen disparar a este artefacto son (según Milenio): #EsDeNacos, #Indio, #Gata, #Zorra, #EsDePobre,#EsDeChacha, #EresPuto, #ForeverSirvienta y #HuelesAIndígena. El museo, la agencia de publicidad Ogilvy, la Facultad de Mecatrónica de la UNAM y el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación CONAPRED, responsables de la instalación, quieren hacer evidente que esas expresiones no son insultos triviales. Son una contribución a reforzar las situaciones de discriminación que les dan origen.

Un insulto es, en esencia, la comparación del objeto insultado con un objeto, persona o idea que el insultador (y, muy probablemente, el insultado) considera indeseable, negativo, despreciable. Cuando, por ejemplo, calificamos de cerdo a una persona cuya higiene personal nos parece inadecuada estamos diciendo que su forma de ser es similar a la de un puerco. A veces, incluso queremos decir que esa persona es, tal cual, un puerco. La eficacia de este insulto se basa en la estereotipación (obviamente infundada) de los cerdos como animales sucios. La persona que insultemos con este epíteto puede sentirse ofendido, puede considerar que la calificación que le damos es injustificada o que es una exageración o que, con independencia de su pertinencia, es agresiva. Pero no necesariamente hay discriminación. La habría si le llamamos cochino por una conducta que no es antihigiénica desde un punto de vista objetivo (y creo que en el campo de la higiene hay algunos aspectos que objetivamente son adecuados o no, como lavarse las manos después de ir al baño o antes de preparar comida, en especial comida para otros) sino que es sólo diferente a la del insultador. Ciertamente no hay discriminación contra los puercos, a pesar de que los estamos estereotipando. Se pueden discutir los derechos de los animales pero, en este momento, los dejo fuera de la discusión sobre los derechos humanos.

En cambio, si pensamos que un hombre está enfrentando una situación con miedo injustificado (al menos desde nuestro punto de vista), y por eso le decimos joto, la situación es otra. No sólo estamos usando una forma despectiva de referirse a los hombres homosexuales sino que le estamos atribuyendo de manera estereotipada a este grupo lo que consideramos un defecto (ser pusilánime). Esa expresión discrimina a los homosexuales tanto si se espeta a un heterosexual como si se le endilga a un homosexual. En este último caso, reducimos al insultado al supuesto defecto que pensamos presentan todos los homosexuales.

Otro insulto discriminatorio, quizá el menos advertido como tal y el más difundido, es llamar puta a una mujer porque su conducta o sus ideas no se ciñen a una vaga y equívoca pero férrea noción de lo que es ser mujer. Incluso es uno de los insultos preferidos cuando simplemente hay enojo con una mujer y se le quiere causar daño, aunque no se haya desviado de esa noción. El insulto es usado tanto hombres como por mujeres. Con este insulto, la discriminación ocurre, en primer lugar, porque se estereotipa a las mujeres que se dedican a la prostitución, es decir, al declarar que todas ellas son despreciables y que son despreciables del todo por su forma de ganarse la vida. En segundo lugar, se discrimina a la insultada por asimilarla a un estereotipo debido a una conducta o rasgo parcial. Pero, suele haber otro matiz discriminador, quizá el más grave. Muchos de los hombres que emiten este insulto no sólo están asimilando a la mujer que insultan al grupo de las prostitutas sino que suelen dar por hecho que todas las mujeres se merecen el calificativo o, si no se lo merecen, es porque no han tenido oportunidad o no se las ha descubierto. Hace poco un legislador nos dio una muestra de este tipo de pensamiento.

Los insultos discriminatorios comunes en todo México son más: indio, prieto, chacha, pobre. Y hay otros de alcance local o propios de ciertos grupos. Discriminan a la persona insultada y al grupo que se toma como modelo para el insulto. Hacerlos visibles no es la solución a la discriminación pero es un paso para hacernos conscientes de que los mexicanos también somos racistas, clasistas y, por supuesto, sexistas, a pesar de que tratemos de no ver.

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Llegar a ser alguien

Los padres nos preocupamos por el futuro de nuestros hijos. Hacemos todo lo que está a nuestro alcance para que tengan la oportunidad de «llegar a ser alguien», como decían nuestros abuelos. Les damos educación, quizá les hacemos un ahorrito. Eso está bien, pero, en la era de Internet, es obviamente insuficiente. Bueno, no es tan obvio, por eso escribo este breve texto cuyo propósito es llamar la atención de mis colegas padres de familia sobre un recurso que será muy útil a nuestros pequeños cuando empiecen su vida profesional pero que, podría apostar, casi nadie está tratando de allegarles. Créanme, si no hacemos algo ahora, cuando nuestros hijos quieran hacer uso de dicho recurso será demasiado tarde.

Me di cuenta de que yo mismo era omiso sobre el asunto hace unos unos días cuando mi hija Daniela me dijo que había un sitio de Internet llamado danielarivera.com, es decir, su nombre. Por supuesto, el sitio no es suyo sino de otra Daniela Rivera, debe haber centenas o miles. Y justo en eso, en que hay muchos homónimos en el mundo, al menos el mundo virtual, reside el problema sobre el que deseo alertar. En dicho mundo, los homónimos atentan contra nuestros empeños para que nuestros hijos sean alguien. Si dejamos que se les confunda con otra persona, ya no serán alguien, sino cualquiera.

¿Por qué no podemos permitir que sean cualquiera? No tengo proyecciones estadísticas de la proporción de personas que trabajarán como profesionistas independientes en las próximas décadas, pero estoy seguro de que no serán un grupo marginal, hay una buena probabilidad de que alguno de nuestros pequeños opte por ejercer su profesión sin ser parte de una organización. Es decir, ellos serán su producto y su nombre será su marca. Ambos deben ser identificables e inconfundibles. Y si hoy en día muchos profesionales que trabajan por su cuenta encuentran útil tener una página web, también estoy seguro de que dentro de algunos años ese recurso será indispensable. Médicos, arquitectos, escritores, abogados, ingenieros en computación, diseñadores, en fin, todo tipo de profesionistas necesitarán una página web para anunciarse, para recibir solicitudes de servicio y, según el caso, hasta para proporcionar el servicio.

¿Y a quién le toca hacer posible que nuestros hijos tengan una página apropiada? Por supuesto, a nosotros, los padres, quienes debemos apartar cuanto antes un nombre de dominio apropiado. Sería injusto que el sitio de nuestro hijo, digamos, cirujano plástico, no pueda llamarse drjuanperez.com o drjuanperez.com.mx (perdón a todos los Pérez por seguir utilizándolos de ejemplo), porque esos dominios ya estén tomados, y termine siendo el poco elegante dr_juan_perez_56bis.info, todo por nuestra falta de previsión. No se diga si nuestro bebé llega a ser una celebridad. No queremos verlo enfrascado en una costosa batalla legal para que un tocayo que es dueño del dominio con su nombre (y sólo lo usa, por ejemplo, para publicar un blog personal) se lo ceda.

Y no sólo se trata de nombres de dominio sino de cuentas de correo electrónico y Twitter y quién sabe qué otra red social que se pondrá de moda más adelante. Para comunicarse con sus amigos de la escuela una cuenta de correo como amoajustin_2001@yahoo.com.mx pasa, pero esa no puede ser la cuenta de, por ejemplo, toda una abogada. ¿Tenemos la seguridad de que cuando ella quiera obtener un nombre de usuario de apariencia profesional ese nombre estará disponible? Por supuesto que no. Entonces, consigámosle uno ya.

Ya sé lo que me dirán. Que no sabemos si nuestros niños querrán ser profesionistas independientes y que mucho menos sabemos la profesión que adoptarán. Pero eso caracteriza al futuro, no sabemos cómo será y de todos modos nos preparamos para diferentes escenarios. En materia del eventual sitio web de nuestros chamacos, nos toca pensar hoy por ellos y cubrir la mayor cantidad de posibilidades. Podemos avanzar poco a poco. Empezar por un dominio con su nombre, como juanperez.com (yo tengo que conformarme con danielarivera.com.mx). Una vez que entren a la universidad y los veamos cómodos con su elección de carrera, les podemos comprar algo más específico, como el mencionado drjuanperez.com o juanperezdiseñador.com.

Quienes tienen hijos por nacer o recién nacidos podrán aducir que ellos están más en control de la situación pues pueden dotar a sus descendientes de un nombre muy original. Pero tengan cuidado, si se pasan de originales, podrían terminar avergonzando a sus niños. Así que, para fines prácticos, los nombres y apellidos no son infinitos. Estos padres harán bien en buscar que sus bebés traigan bajo el brazo no sólo una torta sino un nombre de dominio.

Por supuesto, preparar de esta manera el porvenir de nuestros hijos cuesta. Tendremos que hacer desembolsos mientras ellos crecen, se independizan y empiezan a hacerse cargo de los gastos de mantener su nombre de dominio. Para eso necesitamos más ingresos. Se me acaba de ocurrir que una forma de obtenerlos es convertirse en intermediario para la compra de dominios de Intenet. Ni modo, ya lo escribí, espero que ninguno de ustedes se me adelante.

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Los libros versus Peña Nieto y demás políticos

La metida de pata de Enrique Peña Nieto el sábado en la Feria del Libro de Guadalajara nos ha dado, además de mucho material para reír, una muestra más de la pobre cultura de nuestros políticos. Si se fija uno bien, Peña Nieto enfatiza «leí otro libro». Es decir, no está intentando responder qué libros han tenido impacto en su vida sino qué libros ha leído; tan sólo eso le cuesta mucho trabajo, no por la abundancia sino por la escasez.

Pero creo que hay que ser más considerados con él. Al parecer, no le es fácil captar dos o más datos al mismo tiempo, por lo que los títulos, los nombres de los autores y el contenido del libro son demasiado.

Por otra parte, tengo la impresión de que Peña Nieto no es el peor entre los políticos (en cuanto a cultura). Creo que la mayoría de ellos ni siquiera tendrían a la mano títulos y autores para confundirlos. Es más, quizá no entenderían la pregunta. ¿Los libros pueden tener impacto en la vida personal y política de alguien? ¿Es importante acordarse de los libros de texto de la preparatoria? ¿Hay de otros libros? La razón de haber comprado el último libro que un negro le escribió al político de su preferencia es sólo la de apoyar a este último y tratar de convencerse de que algunas frases de ese encuadernado son geniales, para poder citarlas cuando consideren oportuno.

Por cierto, algunas frases de políticos plantean al lector preguntas inquietantes. ¿Va en serio? ¿Tiene un sentido profundo que me elude? ¿El autor es un idiota? Por ejemplo, un candidato a delegado de Álvaro Obregón ensucia bardas con frases como (sic preventivo) «respetar al peatón es respetar al conductor del mañana», en algunas versiones con puntos suspensivos intermedios y aleatorios. Otra es «cuando insultas a una mujer insultas a todas, a tu madre, a tu hermana, a tu abuela». No estoy seguro de estar siendo fiel a la letra de esta segunda frase pero sí a su espíritu (chocarrero).

Ahora que es muy probable que, como los libros, las frases de los políticos tampoco sean en verdad de su autoría. Detrás de ellas deben estar brillantes asesores convencidos, como el resto de los que medran alrededor de los políticos, de que su asesorado es un genio. Ese convencimiento es lo que explica que ninguno de los asesores de Peña Nieto le haya elaborado una tarjeta con diez títulos de libros y sus respectivos autores para citarlos en su presentación. No tenían que esperar la pregunta de los tres libros con más influencia en su vida, pero podían haber pensado que su jefe se vería muy bien si dejaba caer un título por acá y otro por allá mientras echaba para adelante cara y copete. Si constatar (que no descubrir, por Dios) que nuestros políticos son incultos ya es triste, constatar que sus asesores son ineptos merma más nuestras esperanzas ciudadanas.

Pero no todo debe ser pesimismo. Las editoriales, los autores y las librerías tienen una gran oportunidad de incrementar sus ventas desde ahora y hasta el cierre de las campañas veladas o manifiestas que ya se desataron para una gran cantidad de puestos. Para empezar, sin tener que invertir ni planear, Gandhi, El Sótano, El Péndulo y el Fondo, entre otras librerías, pueden poner a la entrada de sus establecimientos una mesa igual a las que colocan cuando un autor muere o gana un premio. Esta contendría títulos como Los 1000 libros que hay que leer antes de morir, Datos para parecer culto o Toda la cultura en cápsulas de cinco minutos (mejor, tres minutos). Podrían capacitar a sus vendedores (a propósito, muy necesitados de formación, ¿me escuchas, Gandhi?) para ofrecer a los políticos (o a los choferes que manden de compras) una lista selecta de libros dignos de ser mencionados como influyentes en su trayectoria.

Las editoriales y los autores tendrían grandes ventas si cocinan al vapor un texto que emule aquellos de Frases célebres para toda ocasión y que se podría titular Libros citables para toda ocasión. Se compondría de cincuenta (no más, no tendría caso) fichas bibliográficas con los datos de costumbre: autor (La Biblia podría ser atribuida a Varios autores o a Espíritu Santo, según el enfoque del compilador), título, editorial, fecha de publicación, etc. Para darle valor agregado, se podría incluir un rubro de «Posibles confusiones», donde se harían aclaraciones como Jorge Luis Borges no es igual a José Luis Borgues, Mario Vargas Llosa no es colombiano y Enrique Krauze no es el alter ego de Carlos Fuentes. Pero la aportación principal sería una clasificación de los libros según su afinidad o disparidad entre las ideas que proponen o las situaciones que narran y las propuestas (es un decir) de cada partido político. Podría ponerse el logo del partido y, al lado, una mano con el pulgar hacia arriba o hacia abajo. Claro que si los libros seleccionados son buenos, la mayoría de los pulgares, con independencia del partido, apuntarían hacia abajo.

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Que la izquierda eligió candidato presidencial, según Lorenzo Meyer

Lorenzo Meyer en su artículo de hoy en Reforma dice ¿ingenuamente?: «La izquierda partidista mexicana (…) pudo elegir candidato presidencial sin recurrir a la carnicería fraticida». ¡Pero si la izquierda no eligió nada! Las dos figuras con más poder (y sobre todo la que tiene más poder, López Obrador), decidieron cómo dar salida a sus aspiraciones incompatibles y los partidos de izquierda sólo acataron la decisión.

Lo curioso es que al describir el procedimiento seguido, el mismo Lorenzo Meyer dice «Las dos cabezas visibles de la contienda interna, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y Marcelo Ebrard, acordaron acudir a una encuesta para determinar quién contaba con más apoyo y plegarse al resultado». No hay un proceso interno organizado por los partidos de izquierda, sólo un acuerdo entre los líderes, en la mejor tradición de los partidos mexicanos. La aparente ausencia de «carnicería fraticida» no es un cambio en el PRD, sus tribus siguen dándose con todo y AMLO sigue siendo la figura con más poder que, como hace seis años, no tuvo mayor problema para ser el candidato presidencial.

Por supuesto, los acuerdos entre las élites no son exclusivos del PRD y los demás partidos de izquierda. Sólo me llama la atención el astigmatismo (creo que la dificultad para «la visualización de detalles sutiles, ya sea de cerca o a distancia» es un símil más apropiado en este caso) de los lopezobradoristas.

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Si Ebrard gana, ¿cómo lo podría ayudar AMLO?

Marcelo Ebrard declaró ayer según El Universal que “el que pierda (la encuesta para seleccionar al candidato de la izquierda a la presidencia de la República) tiene que ayudar al que gane”. Que el precandidato perdedor se una a la campaña presidencial del ganador es la consecuencia natural de una elección interna en la mayoría de los partidos. Sin embargo, en caso de que Ebrard resulté favorecido por la encuesta, el tipo de ayuda que podría esperar de Andrés Manuel López Obrador y sus amigos podría ser diferente a lo ordinario.

López Obrador ha perdido atractivo entre la población que no pertenece al núcleo duro de simpatizantes de la izquierda. No sólo eso, después del plantón de Reforma, muchos de los que votaron por él en ese segmento de la ciudadanía, empezaron a rechazarlo.

Por lo anterior, quizá la mejor ayuda que López Obrador podría dar a Ebrard, en caso de que este último ganara la candidatura de la izquierda, sería no hacer nada: no declarar, no hacer ver a Ebrard como representante de sus posturas radicales, no estorbar.

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