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¿Quien debe pedir perdón a los pueblos indígenas?

Que España pida perdón por la conquista y colonización hecha por sus antepasados sobre las naciones habitantes de lo que hoy es America Latina (no sobre México, que no existía) me parece innecesario. Pero no sería tan descabellado que sus gobernantes reconocieran y lamentaran la invasión y el sometimiento, la violencia y el despojo sufrido por aquellos pueblos, pues, a pesar de que lo que dice su rey, sí es posible juzgar esos hechos desde hoy, simplemente porque ésos y otros hechos similares también fueron juzgados en su momento. Los pueblos ibéricos no aceptaron con gusto la ocupación árabe y lucharon contra ella hasta terminarla poco antes de dirigirse a estas tierras.

Lo impertinente, por decir lo menos, es pedirle a España que pida perdón desde la cabeza de otro Estado que ha estado oprimiendo, discriminando y tratando de desaparecer a los herederos de las naciones mesoamericanas durante dos siglos, incluyendo el tiempo que, para nuestro actual presidente, es la época dorada de la vida pública mexicana: los años del priato hasta el fin del sexenio de José López Portillo.

No se puede hacer un llamado así de manera congruente desde un gobierno que, en esta materia, no se ha distanciado todavía de los anteriores y no tiene mejor propuesta para los pueblos originarios (enfatizo el plural, pues no son todos una misma cosa) que convertirlos en beneficiarios de programas sociales (al estilo neoliberal). El nuevo gobierno ni siquiera ha asumido explícitamente los derechos que esos pueblos tienen según la legislación internacional firmada por México (la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas y el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, el que prescribe las consultas previas, libres e informadas a los pueblos originarios cuando se proyectan políticas públicas que los pueden afectar) y la nacional (artículo 2o. constitucional, entre otras normas).

Por otra parte, las respuestas internas y externas a favor y en contra de la carta de López Obrador al Rey de España en su mayor parte reflejan el racismo que se ha instalado en la sociedad a la par de las políticas hacia los pueblos indígenas (las expresiones anti-hispanas se adentran más en la estupidez que en la xenofobia). Es una discriminación que busca la desaparición o el blanqueo de la población indígena. Sí, tan blanqueo es querer mezclarlos para aclarar su piel o castellanizarlos a la fuerza como idealizarlos y atribuirles una esencia inmutable y excepcional. Con frecuencia, una y otra forma de blanqueo coexisten en las mismas personas y en las mismas políticas. La forma más ordinaria de combinar los dos tipos de blanqueo se da al confinar el valor de los pueblos indígenas en el pasado remoto y apropiárnoslo, mientras que en el presente se folcloriza e ignora a esos grupos.

Un ejemplo de esto último se puede ver en la mención superficial de sus derechos educativos en el dictamen aprobado la semana pasada en las Comisiones Unidas de Educación y Puntos Constitucionales de la Cámara de Diputados. Adelfo Regino Montes, Director General del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas, había propuesto el siguiente texto para un nuevo inciso f) del artículo 3o., fracción II:

f) (La educación) Será intercultural, incluirá la educación indígena respetando y preservando su patrimonio histórico y cultural. En las zonas con población indígena se asegurará la impartición de educación indígena plurilingüe e intercultural, para todos los educandos”.

Lo que se votó el 27 de marzo después del manoseo en las comisiones unidas fue:

En las comunidades y pueblos indígenas se impartirá educación plurilingüe y pluricultural con base al respeto, promoción y preservación del patrimonio histórico y cultural.

A mi juicio, la propuesta de Adelfo Regino se quedó corta respecto de lo que un pueblo puede esperar de su educación, pero, en todo caso, hablaba de la educación intercultural con respeto para el patrimonio histórico de esos pueblos. Lo que quedó en el dictamen que se presentará al pleno de la Cámara de Diputados es una educación pluricultural, término este último que pone el énfasis en la cantidad de culturas y no en su entendimiento, como lo plantea la noción de interculturalidad. Además, hay una clara confusión del término pueblo como sujeto de derecho y y de pueblo como asentamiento humano. Pero, más que todo lo anterior, el patrimonio ya no es de los pueblos indígenas (su patrimonio), sino nuestro (el patrimonio). Resulta que respetar ese patrimonio del pasado es importante porque es de los mexicanos en su conjunto, no porque ese patrimonio es parte de la vida actual de los pueblos indígenas. Entonces, lo que quieren los pueblos indígenas para ellos, hoy, a partir de su patrimonio, no es importante.

Si se quiere abrir una época de cambio (los resultados electorales del año pasado la pidieron, pero la toma de posesión no la instauró automáticamente), convendría hacer buenos los primeros cuatro párrafos del artículo 2o. de nuestra constitución política:

La Nación tiene una composición pluricultural sustentada originalmente en sus pueblos indígenas que son aquellos que descienden de poblaciones que habitaban en el territorio actual del país al iniciarse la colonización y que conservan sus propias instituciones sociales, económicas, culturales y políticas, o parte de ellas.

La conciencia de su identidad indígena deberá ser criterio fundamental para determinar a quiénes se aplican las disposiciones sobre pueblos indígenas.

Son comunidades integrantes de un pueblo indígena, aquellas que formen una unidad social, económica y cultural, asentadas en un territorio y que reconocen autoridades propias de acuerdo con sus usos y costumbres.

El derecho de los pueblos indígenas a la libre determinación se ejercerá en un marco constitucional de autonomía que asegure la unidad nacional. El reconocimiento de los pueblos y comunidades indígenas se hará en las constituciones y leyes de las entidades federativas, las que deberán tomar en cuenta, además de los principios generales establecidos en los párrafos anteriores de este artículo, criterios etnolingüísticos y de asentamiento físico.

¿Está clarísimo cómo poner en práctica esos párrafos? No. ¿Es sencillo? No. Pero es lo que hoy manda nuestra Carta Magna y los consensos de Naciones Unidas que hemos firmado, y no lo hemos llevado a la práctica.

¿Quien debe pedir perdón a los pueblos indígenas? El Estado Mexicano y nosotros, los mexicanos no indígenas, aquí, hoy.

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Apple y Amazon, ¿codicia y altruismo?

La conductora del programa En busca del cuento perdido, Sandra Lorenzano, entrevistó ayer, 22 de marzo, a la autora del libro Enredados, Laura García. La publicación trata sobre las redes sociales y, si tiene el enfoque que García mostró en la entrevista, debe ser de mucha utilidad para despejar algunas dudas y prejuicios acerca de ese fenómeno.

A pesar de ser una entrevista interesante, lo que me llamó más la atención fue que, cuando Lorenzano le preguntó a la autora si su libro tenía una edición electrónica, ésta respondió que sí, pero que no sabía si podía decir al aire el nombre de la compañía que lo publica y optó por decir «la compañía de la manzanita». De inmediato dice que pronto habrá otra edición en otra compañía de libros digitales y, sin el menor reparo o pudor, dice «en Amazon».

No es la primera vez que escucho o leo comentarios sobre las grandes compañías de la industria electrónica en las que está implícito que Apple es una empresa hambrienta de ganancias mientras que otros gigantes, como Amazon o Google, son poco menos que organizaciones no lucrativas al servicio de la humanidad. Los comentarios pueden provenir de especialistas -como en el caso de marras- o de consumidores comunes y corrientes.

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En la educación, ¿de qué lado estamos? ¿Estamos en un lado?

La reseña de José Antonio Aguilar Rivera del libro Moisés Sáenz: vigencia de su legado (Monterrey, Escuela Normal Superior “Moisés Sáenz Garza”, 2015, de Edmund T. Hamann (nexos), compara las posturas educativas de Sáenz con las de Vasconcelos. Junto a las obvias diferencias, se aprecian las similitudes. Representan dos caminos: la renuncia o la afirmación de lo local/nacional/indígena (entendido de maneras no necesariamente ordinarias). Pero en ambos casos se aspira a la universalidad. Uno es pragmatista y protestante, sólo lo que tiene una utilidad concreta es valioso. Entre lo útil/valioso está aprender a disfrutar la vida. Duda Aguilar Rivera si eso materia de la educación o más bien de la religión (o de la filosofía, diría yo) y recuerda que el pragmatismo de Dewey se llegó a descarrilar en antiintelectualismo. El otro es católico, metafísico, y busca altos valores y conceptos consagrados. Ambos quieren transformar las vidas de los mexicanos. Ambos quieren enseñarles una vida buena.

Me gustaría decir que esta discusión sigue en el México actual pero, en realidad, la discusión educativa es muy escasa. El debate se da sobre lo accesorio, no sobre lo que los mexicanos, diversos, aspiramos para los mexicanos: lo común y lo diverso. Y la escasa discusión propiamente educativa, con pocas y valiosas excepciones, es incoherente: universalismos que recortan tramposamente el universo, pragmatismo antiintelectualista mezclado con una exaltación de lo local que los locales no reconocerían, propuestas de una nueva escuela que no reconocen a la actual o a cualquier otra como fenómeno social y se diluyen en deseos a los que se hace mucho favor al llamarlos buenos.

Resulta entonces que, cuando se piensa que está a favor de algo o de alguien, bien puede uno estar combatiéndolo, gracias a un pensamiento poco riguroso. Sí, se necesita rigor en la discusión y el trabajo educativo. La educación no es un campo en el que los problemas se resuelven con términos efectistas pseudo profundos.

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El Chapo, Sean Penn, nosotros

Es claro que la entrevista de Sean Penn a Joaquín El Chapo Guzmán es más sobre Sean Penn que sobre El Chapo, como ya varios han dicho (veánse Trejo Delabre en Crónica y Jack Mirkinson en Salon). Trata de la admiración del actor hacia poderosos megalómanos y criminales, de alguien que quiere creerlos menos malos que los poderosos por mandato legal (y, a veces, también criminales). En la medida en que ése es su tema, también trata de todos nosotros, los ciudadanos comunes y nuestra relación con el poder.

El recurso amarillista usado por Penn al decir que se dirigía a entrevistar a uno de los dos presidentes de México es más que una exageración de mal periodista. Lo mismo puede decirse de su beatificación de la violencia empleada por El Chapo, de su empatía hacia la elección profesional del traficante de drogas y de la falta de criticidad -aunque fuera diferida- hacia las respuestas de su entrevistado. Cuando los hombres y las mujeres de a pie contemplamos la corrupción de los gobernantes, la complicidad de los líderes de la “sociedad civil” y la cobardía oprimida de muchos de nosotros, surge la tentación de reverenciar a quienes son o parecen ser organizados y eficaces, valientes y asertivos, competidores del Estado -no opositores- desde la ilegalidad.

Antes que Penn, todo indica que la actriz Kate del Castillo ya había sucumbido a esa tentación. Y seguro más de uno ha escuchado a un amigo, a un compañero de trabajo o a sí mismo expresar esa actitud. Pero ni El Chapo ni ningún otro criminal está de nuestro lado. El hecho de que, además de delincuentes, sean personas con afectos familiares y con lealtades gremiales y comunitarias no desvanece sus hechos. Las aberraciones de los políticos y de los perseguidores del narcotráfico no compensan las perpetradas por los traficantes. Se podría cambiar la ley para hacer legal la producción, el comercio y el consumo de las drogas -como yo creo que se debe hacer- y ellos seguirían teniendo culpas que pagar por el uso de la violencia, por el terror que han diseminado.

De acuerdo, esta entrevista, no tanto por sus méritos cuanto por sus defectos, da para reflexionar sobre más temas. Pero, al final, casi todos tienen que ver con nosotros y el poder, con la manera en que lo buscamos, lo enfrentamos, lo evadimos y lo disfrutamos.

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Las parejas homosexuales ante las religiones. Fe, libertad y estado de derecho.

Las parejas del mismo sexo serán consideradas apóstatas por la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y podrían ser excomulgadas, según los cambios introducidos en su Manual de Instrucciones la semana pasada (el manual no está disponible en línea para todo público, pero se puede conocer la postura de la iglesia mormona a través de esta entrevista. Sus hijos no podrán ser parte de la iglesia hasta los 18 años y sólo si rechazan las relaciones entre personas del mismo sexo y dejan la casa de sus padres o madres.

Al mismo tiempo, la iglesia mormona ha ido mostrando una postura más tolerante de las parejas homosexuales en la sociedad en general y ha aceptado y hasta promovido las leyes en contra de la discriminación contra aquéllas. Uno de sus líderes declaró que las leyes antidiscriminatorias deben ser acatadas por los funcionarios públicos sin importar sus creencias personales.

Este caso de doble postura me parece digno de ser retomado en las discusiones mexicanas. Por una parte, la iglesia mormona respeta la ley civil a pesar de sus profundas convicciones acerca de la inmoralidad de las relaciones homosexuales. Eso es lo menos que podríamos esperar de las iglesias mexicanas de todas las denominaciones.

Por otra parte, las autoridades mormonas hacen lo que toda autoridad de una organización hace: definir sus reglas de ingreso y permanencia. Desde algunas perspectivas parecen arbitrarias o contradictorias, por decir lo menos, y aportan mucho al estudio del papel de las religiones en la sociedad, pero son suyas. Cualquier persona puede formar un grupo y decidir quién puede entrar y qué debe hacer para conservar su membresía. Yo, por ejemplo, podría crear un club al que sólo pudieran ingresar individuos que gusten de la música de The Beatles y que quieran compartir este aprecio con los otros miembros del club y con los externos a él. No importaría el sexo, la edad o la profesión, pero serían indispensables las características expresadas arriba. Alguien que despreciara la música del cuarteto, sería inelegible. Si ya estuviera dentro del club y se descubriera su actitud real hacia The Beatles, se le expulsaría. Me parece que es obvio que no tendría razón para quejarse.

¿Para qué poner este ejemplo junto al de la iglesia mormona? Porque ellos tienen todo el derecho de dar a su club las reglas que deseen. Quien quiera pertenecer a ese grupo, debe acatar esas reglas.

Yo mismo planteo una objeción a lo que acabo de escribir. Ser parte de una iglesia no es lo mismo que ser miembro de un club cultural. Esa pertenencia suele estar ligada no sólo a los valores más profundos de las personas sino a su identidad, a su historia personal. La mayoría de las personas creyentes han nacido y crecido en una iglesia y ser feligreses de ella es parte de su naturaleza. Incluso abrazar una fe en la edad adulta es una decisión de gran peso y producto de un proceso íntimo de cambio. Sea uno creyente desde la infancia o desde más tarde, ser expulsado o salirse por propia voluntad debido a desacuerdos con la iglesia, es una experiencia muy dolorosa.

¿Las iglesias tendrían que considerar los sentimientos y características de sus integrantes antes de imponer reglas por consideraciones doctrinales? ¿El Estado debería imponer a las iglesias normas internas antidiscriminatorias? ¿Los individuos deberían conformarse a las leyes de las iglesias en las que creen aunque éstas vayan en contra de otros elementos constitutivos de su personalidad?

Mis respuestas a estas preguntas son: quizá, no y no. En todo caso, pienso que los creyentes de las iglesias se podrían beneficiar de ver a éstas desde un punto de vista sociológico, es decir, desnaturalizarlas, lo que en este caso es lo mismo que desdivinizarlas. Por eso mi ejemplo del club. Un club de The Beatles no es menos una construcción social arbitraria que una iglesia. Tiene líderes e integrantes humanos que obedecen a una variedad de motivaciones. Los feligreses pueden atribuirles una autoridad y una validez divina a sus dichos y hechos pero la posición de poder de esos líderes, así como sus acciones y opiniones siguen siendo producto de relaciones sociales. La fijación de leyes y la toma decisiones podría ser democrática o autocrática. La mayoría de las iglesias tienen lo segundo.

Pero, si los creyentes quitan el carácter divino a sus líderes y estructuras religiosas, ¿qué queda de su fe? Esa pregunta se la debe contestar cada creyente que no está completamente de acuerdo con su institución. Mi impresión es que las personas con profundas convicciones religiosas siempre pueden conservar la esencia de ellas al tiempo que deciden que sus obispos, apóstoles, pastores, rabinos y gurús son tan divinos como el presidente del club de The Beatles. Algunas deciden permanecer en sus iglesias y luchar para hacerlas más democráticas, otras prefieren ejercer su fe al margen de esas instituciones.

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Chistes de políticos

Denigrar a los políticos como un grupo, no sólo a individuos, es un pasatiempo nacional al que me uno con frecuencia. Es divertido presentarlos como lo peor de nuestro país (y de casi todos los países) (o de todos). Lo hacemos con artículos periodísticos, con publicaciones en Facebook y con chistes; con un gesto escéptico cuando un político expresa una idea o con una frase de descalficación en una conversación de café.

He oído a personas muy serias y respetables oponerse a esta desacreditación generalizante, no a las críticas a actos específicos de políticos específicos. Ellas dicen que, al dar por hecho que todos son iguales, se contribuye a reforzar una idea de la política como una actividad despreciable, lo que lleva al desinterés por ella, con la consecuencia ulterior de dejar la conducción de México en las peores manos.

Además, se puede aducir, la satanización de los políticos, sobre todo acompañada de la idealización de los «ciudadanos», es absurda e hipócrita. Los políticos también son ciudadanos. Y ser ciudadano no es garantía de probidad o desinterés.

Estoy de acuerdo, todos hacemos política, incidimos en la lucha por el poder de manera directa o indirecta. Lo hacemos al votar y al no votar; al buscar ser electos como «candidatos ciudadanos» o al ilusionarnos con una de esas figuras que se proclaman puras sólo porque no han tenido ocasión de ensuciarse; cuando emitimos opiniones o reproducimos opiniones tomadas de los diarios, la televisión o la radio o cuando hacemos una broma a costa de los políticos. Incluso cuando tratamos de mantenernos al margen de la política, estamos participando, de una manera curiosa, es cierto, en ella. Cuando pienso en esto, hasta me arrepiento de mis excesos en criticar al gremio de los políticos profesionales en su conjunto.

Pero escucho los spots electorales que están inundando la radio y las acusaciones que a través de ellos lanza un partido sobre los integrantes de otro. Y confirmo que algunas de esas denuncias están fundadas. Después caigo en la cuenta de la vulgaridad de esas acusaciones, ciertas o no; de lo corrientes que son incluso los spots de «propuesta». Y veo que las propuestas son meras promesas vagas, que no hay una postura o un proyecto (¿lo tendrán pero sus cultos y refinados publicistas les aconsejan no revelarlos?). Cuando mucho hay una indignación por algo que hace otro partido que, por cierto, es lo mismo que el partido indignado ha hecho en otro momento.

Entonces, a riesgo de estar haciendo política de la manera equivocada, salgo a preguntar: ¿alguien tiene un buen chiste de políticos?

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Tweetbalas: la discriminación cotidiana hecha visible

México es balaceado por la discriminación en Twitter. Esa es la persuasiva afirmación de un arma que dispara una bala de pintura sobre una pared con la palabra «México» cada vez que en las cuentas de Twitter mexicanas se acumulan 20 nuevos twits con una etiqueta o hashtag discriminatorios. Se trata de la instalación #tweetbalas, que se puede ver en el Museo Memoria y Tolerancia o en el sitio web tweetbalas.com (aunque, al escribir esto, la transmisión estaba suspendida).

Las etiquetas que hacen disparar a este artefacto son (según Milenio): #EsDeNacos, #Indio, #Gata, #Zorra, #EsDePobre,#EsDeChacha, #EresPuto, #ForeverSirvienta y #HuelesAIndígena. El museo, la agencia de publicidad Ogilvy, la Facultad de Mecatrónica de la UNAM y el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación CONAPRED, responsables de la instalación, quieren hacer evidente que esas expresiones no son insultos triviales. Son una contribución a reforzar las situaciones de discriminación que les dan origen.

Un insulto es, en esencia, la comparación del objeto insultado con un objeto, persona o idea que el insultador (y, muy probablemente, el insultado) considera indeseable, negativo, despreciable. Cuando, por ejemplo, calificamos de cerdo a una persona cuya higiene personal nos parece inadecuada estamos diciendo que su forma de ser es similar a la de un puerco. A veces, incluso queremos decir que esa persona es, tal cual, un puerco. La eficacia de este insulto se basa en la estereotipación (obviamente infundada) de los cerdos como animales sucios. La persona que insultemos con este epíteto puede sentirse ofendido, puede considerar que la calificación que le damos es injustificada o que es una exageración o que, con independencia de su pertinencia, es agresiva. Pero no necesariamente hay discriminación. La habría si le llamamos cochino por una conducta que no es antihigiénica desde un punto de vista objetivo (y creo que en el campo de la higiene hay algunos aspectos que objetivamente son adecuados o no, como lavarse las manos después de ir al baño o antes de preparar comida, en especial comida para otros) sino que es sólo diferente a la del insultador. Ciertamente no hay discriminación contra los puercos, a pesar de que los estamos estereotipando. Se pueden discutir los derechos de los animales pero, en este momento, los dejo fuera de la discusión sobre los derechos humanos.

En cambio, si pensamos que un hombre está enfrentando una situación con miedo injustificado (al menos desde nuestro punto de vista), y por eso le decimos joto, la situación es otra. No sólo estamos usando una forma despectiva de referirse a los hombres homosexuales sino que le estamos atribuyendo de manera estereotipada a este grupo lo que consideramos un defecto (ser pusilánime). Esa expresión discrimina a los homosexuales tanto si se espeta a un heterosexual como si se le endilga a un homosexual. En este último caso, reducimos al insultado al supuesto defecto que pensamos presentan todos los homosexuales.

Otro insulto discriminatorio, quizá el menos advertido como tal y el más difundido, es llamar puta a una mujer porque su conducta o sus ideas no se ciñen a una vaga y equívoca pero férrea noción de lo que es ser mujer. Incluso es uno de los insultos preferidos cuando simplemente hay enojo con una mujer y se le quiere causar daño, aunque no se haya desviado de esa noción. El insulto es usado tanto hombres como por mujeres. Con este insulto, la discriminación ocurre, en primer lugar, porque se estereotipa a las mujeres que se dedican a la prostitución, es decir, al declarar que todas ellas son despreciables y que son despreciables del todo por su forma de ganarse la vida. En segundo lugar, se discrimina a la insultada por asimilarla a un estereotipo debido a una conducta o rasgo parcial. Pero, suele haber otro matiz discriminador, quizá el más grave. Muchos de los hombres que emiten este insulto no sólo están asimilando a la mujer que insultan al grupo de las prostitutas sino que suelen dar por hecho que todas las mujeres se merecen el calificativo o, si no se lo merecen, es porque no han tenido oportunidad o no se las ha descubierto. Hace poco un legislador nos dio una muestra de este tipo de pensamiento.

Los insultos discriminatorios comunes en todo México son más: indio, prieto, chacha, pobre. Y hay otros de alcance local o propios de ciertos grupos. Discriminan a la persona insultada y al grupo que se toma como modelo para el insulto. Hacerlos visibles no es la solución a la discriminación pero es un paso para hacernos conscientes de que los mexicanos también somos racistas, clasistas y, por supuesto, sexistas, a pesar de que tratemos de no ver.

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Día Internacional de la Mujer

«¡Gracias por existir!». Nooo, por supuesto.

«¡Son super!». ¿Sólo por ser mujeres?

«¡Nunca cambien!». Qué friega.

Ah, lanzar loas a la feminidad. ¿Y dónde está esa esencia femenina? Si existe, ¿cuántas la asumen?
Agradecer a las mujeres que han hecho posible mi vida y la siguen haciendo rica. Quizá, pero no sólo un día. ¿Y los hombres?

Insistir en que seguimos dando menos oportunidades a las mujeres que a los hombres; advertir que usamos para ello tanto formas sutiles y hasta aparentemente elogiosas como otras descaradas y brutales; recordar que en muchos ámbitos esa desigualdad es una franca opresión; señalar los estereotipos de lo femenino (desde las habilidades para conducir un auto hasta la conflictividad y la sujeción a «las hormonas») que ayudan a reforzar la discriminación; reconocer que han hecho muchas contribuciones y tienen importantísimos y múltiples papeles en la sociedad, algunos en los mismos campos que los hombres, otros en campos distintos; proclamar que no se necesita de esos logros para respetar los derechos de todas las mujeres como seres humanos; denunciar que a veces se reconoce su capacidad sólo para imponerles más cargas y responsabilidades; aceptar que somos diferentes, al menos fisiológicamente, y que el respeto no se debe ejercer sólo en aquello que nos asemeja sino también en lo que ellas tienen de particular; proponer que establecer una relación entre mujeres y hombres libre, justa y respetuosa no se alcanza por una ley ni por un manifiesto sino por el diálogo y el trabajo diario. Así sí me uno al Día Internacional de la Mujer.

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Un México ganador

Después del famoso puente Guadalupe-Reyes, retomo Notas al pasar y le deseo lo mejor para 2011 a todos los que tienen la amabilidad de visitar este blog. Sin más preámbulo, voy al tema de un México ganador.

Hace algo más de quince años asistí a una función de danza en la que se rindió homenaje a dos miembros de la compañía: a la primera bailarina (entonces prometida y hoy esposa de un querido y antiguo amigo), que se retiraba ese día, y a la directora, por su trayectoria. De esta última se leyó una semblanza que impresionó no sólo a los que la conocíamos superficialmente sino incluso a los enterados. Cuando la directora tomó la palabra se refirió una y otra vez, de una manera y otra, a la lucha que había librado a lo largo de su carrera. No especificó contra quién había luchado pero creo que más de un asistente sospechó de la burocracia cultural y de los colegas envidiosos. Cuando salíamos de la función, Paco Donovan, un jesuita gringo que tenía más de veinte años en México, me dijo, palabras más, palabras menos: “los mexicanos se enfocan en sus luchas y no se dan cuenta de sus logros”.

En efecto, aunque se podía atribuir el tono del discurso de la homenajeada a su modestia o a una disposición a disfrutar el camino tanto o más que el arribo al destino, la verdad es que se había presentado como víctima sufrida y no como vencedora de obstáculos a pesar de sus innegables y numerosas conquistas. No tengo elementos para decir si esta afirmación de Paco se aplica a la mayoría de los mexicanos pero sí tengo algunas experiencias por las que me atrevo a postular la hipótesis de que muchos mexicanos (me incluyo entre ellos, ver mi publicación del 15 de septiembre de 2010) no solemos ver lo que vamos logrando como país.

Sí reconocemos un gran pasado que algunos sitúan antes de la colonia, otros en la Nueva España, en la Reforma, en el Porfiriato o en la Revolución Mexicana, según sus afinidades. Por supuesto, apreciamos nuestra variada y rica naturaleza. No se diga lo orgullosos que estamos de nuestra gastronomía. Pero, de alguna manera, todo eso nos fue dado. Sobre lo que hoy somos y hacemos llegamos a señalar nuestra creatividad, entendida casi siempre como habilidad para saltarnos las trancas, pero no mucho más. A veces pareciera que el país funciona (porque, a pesar de nuestras justificadas quejas, mal que bien, marcha) sin mexicanos, que no somos nosotros los que hacemos que las cosas pasen.

Por su parte, los partidos políticos refuerzan esta percepción al ofrecer: a) darnos lo que necesitamos porque ellos saben lo que realmente queremos, b) vengarnos de las injusticias que los malos nos han infligido, c) prohibir aquello que nos da miedo o d) recuperar el poder para hacer lo que hacían (¿bien?) antes de perderlo sin hacer un ajuste de cuentas con las barbaridades que cometieron. Es decir, entre sus propuestas no está dirigirnos para mejorar juntos al país, para alcanzar un mejor México del que todos podamos sentirnos responsables y orgullosos. Ellos quieren hacer las cosas por nosotros. Parece que lo único que no quieren hacer por nosotros es tomar las decisiones difíciles que le corresponden a quienes han optado por la política.

Por lo anterior, me llamó mucho la atención que, en su primer día como presidente, Felipe Calderón dijera (otra vez, palabras más, palabras menos) que quería ver un México ganador. Nunca había oído a un político decir algo semejante. Lo nuestro no parece ser ganar sino ser víctimas, tener mala suerte o, si acaso, como la directora de danza, luchar para casi llegar (ver al respecto el artículo “¡El que sigue!”, de Juan Villoro en Reforma del viernes 14 de enero). No sé si esa intención de Calderón (que repitió en el mismo discurso al menos una vez) fue transformada en estrategia de gobierno pero no veo evidencia de que los mexicanos nos sintamos más ganadores. Más aún, no veo que los mexicanos tengamos más deseo que antes de ser ganadores en el sentido de responsables activos del desarrollo del país. Tengo la impresión de que, en general, seguimos esperando que regresen los que dicen que hacían las cosas bien olvidando su autoritarismo y su corrupción, que un mesías nos vengue de las afrentas sufridas o que alguien ponga orden.

Ahora bien, en el segundo párrafo de este texto di por hecho que los mexicanos tenemos algunos logros por los que podríamos sentirnos, al menos, un poquito ganadores. El ensayo «Regreso a futuro”, de Jorge Castañeda y Héctor Aguilar Camín, en nexos de diciembre me hizo reflexionar al respecto. Los autores sostienen las tesis de que México “es preso de su pasado” (planteada en otro artículo un año antes) y de que “es preso también de la idea pobre que tiene de sí mismo”. Recogen un gran conjunto de datos variopintos (estadísticas, impresiones, anécdotas, opiniones de entrevistados) para afirmar que el país es mejor que lo que pensamos, que es mejor que antes y que sigue mejorando. Su análisis es desigual y más contradictorio de lo que ellos mismos reconocen (por ejemplo, como prueba de lo erróneo de las opiniones negativas que los mexicanos tenemos citan varias veces las opiniones positivas de algunos mexicanos), asumen supuestos cuestionables, pero sin duda logran presentar al lector un panorama mucho más complejo y prometedor que el de un país atrasado sin remedio. No repetiré aquí esa información pues hay acceso libre al artículo en la revista, pero no quiero dejar de mencionar que, además de reunir muchos datos útiles, Castañeda y Aguilar Camín problematizan los criterios que usamos para valorar lo que hemos alcanzado. No sacan todas las conclusiones sobre ello pero no le dejan a uno otra opción más que reconsiderar los insumos y perspectivas con los que pensamos a México y, de inmediato, voltear para ver de nuevo, con ojos más abiertos, aquello con lo que nos tropezamos a diario.

Plantean también algunos de los nudos a desatar para contar con un futuro mejor. Y al ver hacia adelante señalan lo que le toca al gobierno, en particular al ejecutivo federal, y lo que nos toca a los ciudadanos. Y vinculan a ambos a través del término “liderazgo didáctico”. Se trata, hasta donde lo pude entender, de una labor que corresponde a los políticos y consiste en reducir la separación entre “las aspiraciones más concretas e inmediatas de la sociedad y las decisiones de grandes cambios que pueden colmarlas”. Esto pasa por reconocer lo que piensan, sienten y necesitan los ciudadanos y por ayudarlos a entender cómo se puede obtener lo que quieren y los límites, obstáculos y requisitos que se encuentran en el camino. Hallo muy ricos estos contenidos para la noción de liderazgo didáctico, pero me gustaría ampliarlos, pues los veo insuficientes para sustentar un quehacer político y gubernamental que nos mueva hacia la responsabilidad ciudadana, hacia la participación, hacia querer ser y sentirnos ganadores. El concepto psicológico de autoeficacia viene entonces a cuento.

La autoeficacia consiste en las creencias que tienen las personas acerca de su capacidad de realizar satisfactoriamente una tarea (de esa manera, se puede distinguir la autoeficacia de una persona para el estudio, para ser padre, para cuidar de su salud o para ejercer una profesión u oficio). La autoeficacia está en la base de la persistencia ante los obstáculos, de la planeación de la acción, de la apertura al cambios, entre otras actitudes y conductas constructivas. Para fortalecer su autoeficacia una personas requiere, entre otros factores, percibir sus logros pasados; identificar la relación entre lo que ella hizo y esos logros, al tiempo que admite sus errores y los convierte en oportunidad de cambio; aprender de otros que es posible realizar bien las tareas en cuestión y recibir una retroalimentación positiva por sus acciones y éxitos.

Los políticos y gobernantes deberían ser promotores de lo que se podría llamar autoeficacia ciudadana. Para eso tendrían que favorecer la libre circulación de información objetiva sobre la situación del gobierno y del país en general; presentar los resultados de sus acciones como producto de todos, no sólo de ellos; abrir la discusión de los grandes temas nacionales y abrirse ellos mismos a la discusión; hacer públicos los diferentes escenarios y traer a revisión las experiencias nacionales y extranjeras, sin miedo a reconocer que no tienen todas las respuestas; reconocer con precisión las insuficiencias de ellos y de los ciudadanos para precisar los asuntos pendientes y las conductas a mejorar en los gobernantes y los gobernados; proponer retos a la ciudadanía como quien trata con personas capaces de las que se puede esperar mucho. De alguna manera, tendrían que ser como los buenos maestros.

Ahora que, por donde se mire, México está en plena carrera electoral, me gustaría ver que los partidos políticos, asumiendo un liderazgo didáctico, no sólo ofrecieran soluciones sino que propusieran hacernos parte de las soluciones (por supuesto, sin desentenderse de sus obligaciones) para, entre todos, hacer un México ganador, uno cuyos ciudadanos estén orgullosos del presente que ellos mismos han creado, no sólo de lo que otros mexicanos más o menos etéreos les entregaron. Y me gustaría que los mexicanos nos hiciéramos cargo de nuestras responsabilidades, entre las cuales están exigir a los partidos planteamientos inteligentes y pensar qué queremos para este país, cómo queremos verlo ganador.

En congruencia con ese deseo, en algunas de las siguientes entregas de este blog retomaré el tema de hoy. Los invito a dejar sus comentarios acerca de su evaluación del país (qué ha logrado, qué no, quién ha hecho su trabajo, quién no) y acerca de qué significaría que México fuera un país ganador.

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¿Dónde quedó la bolita?

Hace unos días vi afuera de la estación Tacubaya del Metro a un estafador que se valía del truco de la bolita. Para quien nunca haya visto este tipo de estafa, se trata de esconder una pelotita muy pequeña debajo de uno de tres objetos cóncavos -tapas de frasco en este caso-, mover rápidamente las tres tapas y pedirle a un observador que adivine debajo de cual está. Lo normal es que haya una apuesta de por medio. Cuando llegué a donde estaba este timador, le acababa de esquilmar cien pesos a uno que tenía apariencia de albañil. De inmediato, una mujer que estaba viendo dijo, «a ver, yo» mientras extendía un billete de quinientos pesos. «¿Quinientos?», le preguntó el defraudador. Ella dijo que sólo doscientos. El hombre de la bolita hizo su juego, la mujer puso su dedo sobre una de las tapas, dudó y finalmente eligió otra en la que estaba la bolita. «Ganó» doscientos pesos y el albañil se aprestó a apostar de nuevo ante la evidencia de que se podía ganar. El truhán y su palera habían actuado de manera impecable.

Además del coraje por ver cómo le robaban su sueldo a un trabajador a plena luz del día, mi otra reacción fue preguntarme: ¿cómo es posible que alguien crea que le va a ganar al tahúr?. El problema de jugar a la bolita no es vencer con la vista la velocidad de unas manos, ni calcular y superar las probabilidades. El problema es que no hay bolita. El estafador la esconde entre sus dedos mientras sigue desplazando las tapas para distraer al incauto. Después de que este último escoge una tapa vacía (todas están vacías) y pierde, el timador empieza de nuevo. Si se llega a ver forzado por la duda del perdedor, lo único que hace es deslizar la bolita debajo de otra tapa mientras la levanta. Si los clientes son escasos, hasta puede dejar ganar a un jugador auténtico. Supongo que también habrá ocasiones en que tienen que salir corriendo.

Después de hacerme la pregunta del párrafo anterior me surgió otra: ¿es este juego la única situación en la que creemos que hay bolita cuando no hay nada en realidad? Mi respuesta casi inmediata fue que no, que hay muchas otras situaciones en que las personas nos convencemos o dejamos que nos convenzan de que podemos encontrar algo inexistente y beneficiarnos con ello. El ámbito en el que esto ocurre más claramente es el de la política. Debajo de los discursos con voz engolada y con pelo engominado, de los pleitos entre partidos, de la defensa exaltada de posturas, de la indignación ante las posturas de los contrarios, de las alianzas y las rupturas, con frecuencia parece no haber nada más que las tapas, es decir, intereses personales o de grupo. Los ciudadanos, por nuestra parte, nos ponemos de un lado o de otro o, si queremos ser más analíticos, tratamos de ver lo positivo y lo negativo en los diferentes planteamientos. En ambos casos, creemos que hay algo digno de ser discutido, apoyado o rechazado, imaginamos que hay una propuesta que, de salir adelante, puede beneficiarnos. Por supuesto, también existen aquellos escépticos que piensan que no vale la pena dedicarle tiempo a considerar lo que dicen o hacen los políticos porque estos sólo ven por su propio interés, es decir, porque no hay bolita.

Me parece triste decirlo, pero creo que, ante un asunto específico que se esté discutiendo entre políticos, un escéptico tiene mayor probabilidad de dar en el clavo que quienes se pongan a hacer un balance de pros y contras. Escribí «mayor probabilidad», no que los escépticos siempre tengan a razón. Y esa es la cuestión. Con frecuencia, debajo de los intereses propios de los gobernantes (y aspirantes a serlo) sí hay una bolita, un problema real que puede ser resuelto con mayor o menor beneficio para la población. Peor todavía. Aunque sólo existan las tapas, es decir, la pura conveniencia de los líderes, el hecho es que lo que resulte afectará a los ciudadanos, cuando menos porque se están usando recursos del erario. Cuando más, porque la decisión facilitará o hará más difícil su vida. En fin, la trampa consiste en que, aunque estemos ciertos de que no hay bolita, aunque sepamos que ganaremos sólo si el tahúr quiere dejarnos ganar, tenemos que estar atentos al juego de la política, si no queremos perder más.

Eso sí, tenemos que estar atentos a los posibles paleros. Estos, en primer lugar, son los mismos políticos, quizá más los que se oponen a una propuesta que los que la apoyan. Los opositores pueden ayudar a crear la ilusión de que una mala iniciativa purificada por sus críticas ya es aceptable.

Otros paleros son los comentaristas de los medios (incluyendo los blogueros como un servidor). Como los políticos opositores, los escribidores y locutores contribuyen a producir el espejismo con la ventaja añadida de que pueden parecer más imparciales o, al menos, preocupados por un valor que nosotros también apreciamos, llámese justicia, libertad o eficiencia.

Y así se puede seguir identificando paleros hasta incluir, por ejemplo, a las lecciones de civismo, que nos enseñan cosas muy bonitas sobre el quehacer político. Pero aquí se impone hacer matices de nuevo. No estoy diciendo que todos los políticos que se oponen a uno de sus colegas, ni todos los articulistas de la prensa, ni todas las lecciones de civismo sean cómplices de engaño. Creo que muchos han asumido honestamente la necesidad de estar atentos a las tapas para esperar la ocasión en que de verdad habrá una bolita debajo o para limitar las repercusiones de la prestidigitación de los hombres y mujeres de estado, además de que algunos de estos últimos no pretenden abusar de los ciudadanos (¡sí los hay!).

En suma, a pesar de mi propio escepticismo, acepto que no nos quedan más que dos opciones: dejar que los políticos hagan con nosotros y nuestros recursos lo que quieran o aceptar el mal menor de dedicar tiempo a observar sus manos para reducir los daños, obligarlos a dejarnos ganar algunas veces y, en otras ocasiones, hacerlos correr. En lo personal me inclino por la segunda opción.

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