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Misterio gozoso: pianista perdido y hallado en Internet

A principios de los años 70 mi mamá y mi papá llevaron a casa un disco LP con las polonesas de Chopin interpretadas por Adam Harasiewicz, un pianista polaco. El romanticismo patriótico de esas obras, que se manifiesta sobre todo en las polonesas llamadas “Militar” y “Heroica”, cobijaba mis preocupaciones y aspiraciones sobre mi propia vida o la vida del país. Recuerdo cómo me movía una anécdota, que ahora considero chovinista y cursi, recogida en el reverso de la funda del disco. Un comentarista polaco contemporáneo de Chopin, ante el nacionalismo que le insuflaban las polonesas de éste, decía que sólo lamentaba que su apellido pareciera más francés que polaco, que no se apellidara Chopinsky.

Era mi adolescencia y una época en la que muchos estábamos hartos de la corrupción, el autoritarismo y la injusticia, en la que Estados Unidos no era todavía nuestro socio comercial, sino el antiguo invasor y expoliador, así como la potencia que intervenía en la vida de los demás países y la torcía. El discurso tercermundista de Luis Echeverría y, más tarde, el pseudomisticismo nacionalista de José López Portillo, así como las ocasionales salidas del huacal norteamericano realizadas por estos presidentes, no ocultaban nuestra dependencia ni, por supuesto, la situación interior. Amar a México incluía hacerse cargo de esto y más, y requería una fuerte dosis de esperanza que en las décadas siguientes muchos convirtieron en acción política para aportar poco a poco un país mejor en algunos aspectos, aunque su desigualdad y su corrupción siguen doliendo, siguen punzando.

Ya sé que es un lugar común hablar del poder expresivo de la música, pero no puedo dejar de admirarme por la manera en que las polonesas me resonaron tanto como mexicano, a pesar de que contaba con poca información sobre Polonia, su liquidación y resurgimiento, las invasiones, la pérdida de territorio, sus luchas de liberación. Bueno, quizá no es tan extraño: el romanticismo…

No creo haber escuchado aquel disco después de salir de la casa familiar para estudiar la universidad. Escuché versiones orquestales que, sin disgustarme, no me satisfacían ni me satisfacen. Parece que algunas obras escritas para un instrumento en particular no se benefician mucho de orquestaciones sinfónicas. Siento que, si las polonesas de Chopin no son generadas por la percusión de los martinetes sobre las cuerdas del piano, no alcanzan toda su fuerza.

En diferentes momentos busqué el disco en las tiendas de música, sobre todo cuando llegaron los CD, pero nunca lo encontré. Hallé las versiones de varios pianistas famosos, algunos polacos. Entre las versiones que me gustaron están las de Arthur Rubinstein y Vladimir Ashkenazy, pero no me sabían igual que las escuchadas años atrás.

Al no encontrar siquiera el nombre de Harasiewicz me preguntaba si aquel disco de mi adolescencia no era una de esas grabaciones baratas que se hacen con músicos secundarios y que bajan de precio una y otra vez hasta agotarse y desaparecer de los catálogos, si es que alguna vez estuvieron en ellos.

No sé por qué, al llegar la World Wide Web y, después, la música descargable, no tuve la iniciativa de buscar a Harasiewicz. Sí busqué las polonesas, pero ese pianista no aparecía en los resultados. Hoy, tampoco sé por qué, se me ocurrió buscarlo directamente y lo encontré a él y a aquel disco editado por Philips con el que conocí a Chopin.

Resulta que el pianista, nacido en 1932 y vivo todavía, fue reconocido en su momento como uno de los mejores intérpretes de Chopin, cuyo repertorio grabó en su totalidad. A partir de mediados de los setenta, dejó de grabar y, al parecer, su quehacer ha consistido en dar clases magistrales, asesorar a otros pianistas y ser juez de concursos de piano. Algún comentarista en Internet opina que su especialización en Chopin no le ayudó a seguir vigente. Eso sucede a veces con los artistas, se encasillan o los encasillan, pero no me acaba de explicar la forma en que Harasiewicz se invisibilizó. ¿Qué lleva a un pianista como a él a abandonar los conciertos y las grabaciones?

Hoy, después de oír la “Militar” y la “Heroica”, sentí de nuevo el efecto de las interpretaciones de Harasiewicz, aunque mi forma de sentir mi vida y al país haya cambiado. Esas polonesas saben a casa y, de una manera distinta, aún resuenan con mi conciencia de mi situación y la de México, todavía vigorizan una esperanza que está bastante menguada.


Los enlaces a mis dos polonesas favoritas, tanto en Apple Music como en Spotify.

Polonesa No. 3, “Militar”

https://music.apple.com/mx/album/polonaise-no-3-in-a-op-40-no-1-military/1452794328?i=1452794335

https://open.spotify.com/track/56QppLEixlTo8CG463RXoe?si=LouCHwQfRGWDfCUacdDdug

Polonesa No. 6, “Heroica”

https://music.apple.com/mx/album/polonaise-no-6-in-a-flat-op-53-heroic/1452794328?i=1452794582

https://open.spotify.com/track/0rU6QXQrFk9Ibgt8u0AY0I?si=YJEOM57iThOF2t10TDQRpg

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Las razones de un Nobel: Dylan, Roth y Trump

Los premios Nobel de la paz y de literatura suelen llevar mensaje. No sólo se trata de premiar a quien tiene mérito, sino de afirmar algo. Por eso, más que preguntarme por los méritos de Bob Dylan, me pregunto por lo que quiere decir (o no decir) la Academia Sueca al otorgar este premio a Bob Dylan, en lugar de otros escritores estadounidenses muy reconocidos.

En particular, pienso que el candidato lógico era Philip Roth, de 83 años, a quien muchos consideran el mejor escritor vivo de aquel país. Es grande como escritor y es grande de edad. Qué mejor que él para regresar el premio a Estados Unidos después de 23 años (Toni Morrison lo ganó en 1993).

Pero Roth tiene un problema. Ha sido acusado de misógino por más de una persona. Y ha sido defendido de esa acusación por otras tantas (sobre unas y otras, ver algunas ligas al final de esta nota al pasar). Sus personajes masculinos son tanto víctimas como victimarios de personajes femeninos y estos últimos no siempre aparecen en la mejor luz, a decir de los críticos. Tampoco los masculinos, diría yo. Las escenas sexuales intensas y confrontantes son frecuentes en sus novelas. En una de sus obras, el argumento es que un hombre se metamorfosea en un pecho femenino. ¿Se pueden tocar los temas que Roth toca sin ser misógino? Creo que sí y creo que lo ha logrado. Pero las opiniones en contrario son fuertes.

Quizá en otro momento los académicos de Suecia se la hubieran jugado. Quizá. Pero con Trump enfrente, la sospecha de misoginia situaría a la Academia en el campo de la incorrección  política, mientras que las posturas políticas que Dylan ha adoptado a lo largo de su carrera la mantienen libre de reproche. Repito, quizá en otras circunstancias se la hubieran jugado, aunque nunca se la jugaron con el genio de Borges.

En resumen, me atrevo a postular la hipótesis de que el premio a Dylan, merecido, resultó, además, oportuno gracias a la notoriedad del abusivo Trump. De cualquier manera, me alegro por Dylan. Sólo espero que Roth viva lo suficiente para que le pueda tocar un Nobel.

Algunos enlaces a críticos y defensores de Roth:

https://www.theguardian.com/commentisfree/2011/may/22/philip-roth-carmen-callil-booker

http://lilith.org/blog/2014/03/why-i-did-not-like-philip-roths-new-york-times-interview/

http://forward.com/culture/186074/philip-roth-isnt-a-misogynist-really/

http://www.slate.com/blogs/xx_factor/2013/02/26/is_philip_roth_a_misogynist_keith_gessen_says_no.html

http://www.salon.com/2013/09/21/philip_roth_inspired_my_very_feminist_sex_life/http://www.telegraph.co.uk/women/womens-life/9670062/Philip-Roths-writing-is-anything-but-misogynistic.html

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Presencia del náhuatl en el ¿inglés?

Todo el mundo sabe que el náhuatl ha aportado al español y a muchas otras lenguas vocablos que denominan las contribuciones gastronómicas de mesoamérica al mundo: chocolate, chía, tomate y más. Pero pocos saben (al menos, yo no sabía hasta hace poco) que también la palabra shack puede ser de origen náhuatl. La misma shack que compone nombres de muchos negocios en los Estados Unidos, como la franquicia internacional Radio Shack, y que integra el título de una de las canciones de The B52’s, “Love Shack”. Según esta explicación, no del todo comprobada, shack viene del náhuatl xacalli (de la que se deriva el español jacal), que significa casa con techo de paja, según el Gran Diccionario Náhuatl. Aunque otros diccionarios proponen otras etimologías, la app del Oxford Dictionary of English (OED) se inclina por la aquí presentada y data la aparición de shack en la lengua inglesa a finales del siglo diecinueve.

Jacal texano a principios del siglo XX

Jacal texano a principios del siglo XX, tomada de http://www.texasbeyondhistory.net/dolores/images/jacal-1907.html

Shack también es un verbo y significa irse a vivir con alguien, arrejuntarse, pues. En español, jacalear es sinónimo de comadrear, que significa chismear o murmurar y, según el DLE, se dice en especial de las mujeres, aunque bien sabemos que los hombres chismeamos con igual dedicación. Yo he escuchado en poblados rurales llamar a alguien jacalera, para denotar que gusta de ir de visita a casas diferentes a la suya. Me temo que casi siempre se aplica a mujeres y que esto se debe a que se piensa que deben estar siempre en su jacal, muy modositas ellas, sin comadrear.
En su libro Studies in etymology and etiology : with emphasis on germanic, jewish, romance and slavic languages, David L. Gold duda del origen náhuatl de shack, por varias razones, entre ellas que no parecen haber existido contactos frecuentes entre el náhuatl y el inglés. Pero abre la posibilidad de que el aporte haya surgido de los pueblos originarios del ahora suroeste estadounidense que hablaban otras lenguas yuto-nahuas en las que probablemente existiera la palabra xacalli u otra similar. Dado que el término jacal aparece tal cual en el diccionario en línea Merriam-Webster y en la ya mencionada app del OED, me permito adelantar una hipótesis más parsimoniosa: que shack no viene directamente de xacalli sino que llega al inglés a través de jacal, como denominaban a sus casas los colonizadores españoles de la región mencionada, cuando todavía era parte de la Nueva España (ver el libro Hecho En Tejas: Texas-Mexican Folk Arts and Crafts).

Mientras son peras o son manzanas, aquellos que tienen una amada que no es jacalera, tienen que esforzarse para verla, como dice el huapango: “todita la noche anduve rondando tu jacalito, pa’ ver si te podía ver por algún agujerito”.

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Chistes sexistas

¿Hay temas que deben quedar excluidos de los chistes? Ricky Gervais, el cómico británico conocido por no dejar títere con cabeza opina que no. Él se mete con todo el mundo. Sin embargo, dice que no encuentra chistosos ciertos chistes y, por tanto, no los cuenta. Lo que esos chistes tienen en común no es tanto un tema sino una forma de tratarlo. Son los chistes racistas. Dice de ellos:

Puedes hacer chistes sobre las razas sin que una raza sea el blanco de la broma… No me gustan los chistes racistas. No porque sean ofensivos. No me gustan porque no son chistosos. Y no son chistosos porque no son verdaderos. Casi siempre, en algún punto, están basados en una falsedad, que me echa a perder la broma.

Creo que a todos nos pasa eso, si las premisas de un chiste sin falsas, se pierde el chiste. No me refiero, por supuesto, a los personajes. Un chiste puede ser muy bueno aunque sus personajes sean animales que hablan o fantasmas. Las premisas clave son las características de esos personajes.

Si esto es cierto, ¿qué dice de nosotros que riamos ante un chiste racista o sexista? Dice que creemos que las premisas son ciertas. Si nos carcajeamos por un chiste sexista, creemos que, en efecto, las mujeres son más tontas, chismosas o emocionalmente inestables (entre otros atributos) que los hombres.

Aclaro que no creo que todos los chistes que tienen que ver con mujeres o las relaciones entre hombres y mujeres son sexistas. Comparto con Gervais la creencia de que nada debe estar al margen de los chistes y que el humor puede ser una forma de entender y criticar el mundo. Es más, me atrevería a decir que es una forma de amarlo. Pero no encuentro divertidos los chistes sexistas como los definí antes porque me parece que, al ser falsas las premisas (la inferioridad de las mujeres), no hay chiste. Se trate de un chiste en forma (introducción, desarrollo y desenlace) o una simple intervención en una conversación que pretende ser humorística, si parte de ese supuesto, no me hace reír.

No estoy por la censura, pero si por la crítica de los chistes sexistas, racistas o discriminatorios en cualquier forma. Me parece una forma de crítica literaria y política que amerita ser ejercida con más frecuencia. (Y, por si las dudas, reitero: que un chiste incomode no lo convierte automáticamente en discriminatorio).
Una de las muchas formas en que podemos celebrar el Día Internacional de la Mujer es pensar en la última vez que escuchamos un chiste sexista. ¿Nos provocó risa?

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En la educación, ¿de qué lado estamos? ¿Estamos en un lado?

La reseña de José Antonio Aguilar Rivera del libro Moisés Sáenz: vigencia de su legado (Monterrey, Escuela Normal Superior “Moisés Sáenz Garza”, 2015, de Edmund T. Hamann (nexos), compara las posturas educativas de Sáenz con las de Vasconcelos. Junto a las obvias diferencias, se aprecian las similitudes. Representan dos caminos: la renuncia o la afirmación de lo local/nacional/indígena (entendido de maneras no necesariamente ordinarias). Pero en ambos casos se aspira a la universalidad. Uno es pragmatista y protestante, sólo lo que tiene una utilidad concreta es valioso. Entre lo útil/valioso está aprender a disfrutar la vida. Duda Aguilar Rivera si eso materia de la educación o más bien de la religión (o de la filosofía, diría yo) y recuerda que el pragmatismo de Dewey se llegó a descarrilar en antiintelectualismo. El otro es católico, metafísico, y busca altos valores y conceptos consagrados. Ambos quieren transformar las vidas de los mexicanos. Ambos quieren enseñarles una vida buena.

Me gustaría decir que esta discusión sigue en el México actual pero, en realidad, la discusión educativa es muy escasa. El debate se da sobre lo accesorio, no sobre lo que los mexicanos, diversos, aspiramos para los mexicanos: lo común y lo diverso. Y la escasa discusión propiamente educativa, con pocas y valiosas excepciones, es incoherente: universalismos que recortan tramposamente el universo, pragmatismo antiintelectualista mezclado con una exaltación de lo local que los locales no reconocerían, propuestas de una nueva escuela que no reconocen a la actual o a cualquier otra como fenómeno social y se diluyen en deseos a los que se hace mucho favor al llamarlos buenos.

Resulta entonces que, cuando se piensa que está a favor de algo o de alguien, bien puede uno estar combatiéndolo, gracias a un pensamiento poco riguroso. Sí, se necesita rigor en la discusión y el trabajo educativo. La educación no es un campo en el que los problemas se resuelven con términos efectistas pseudo profundos.

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El árabe que no lo era

Hace unos días, una conversación familiar derivó (de esa manera en que derivan las conversaciones sabrosas y los barcos sin timonel) hacia el origen árabe de algunas palabras del español, muchas de las cuales inician con el artículo “al-“. Y empezó la cacería de palabras, que si álgebra, que si almíbar, que si almacén. Yo no pude menos que recordar las bellas alhaja, almohada y alfanje, integrantes de una lista cuya ortografía tuve que aprender en tercero de primaria. Alfanje me remitió a su casi anagrama falange (sólo falla la g), que nos llega del griego vía el latín y el francés, y que denomina a los huesitos de los dedos de las extremidades superiores e inferiores, a ambos lados del cuerpo, así como a ciertos movimientos políticos, pero sólo los del lado derecho.

Aunque el español tomó del árabe muchos términos que no empiezan con al- (el prometido paraíso, la sandía de carcajada y el higiénico talco, por citar algunos), nos seguimos con aljibe, alquiler y alfajor (que en España también llaman alajú y lo hacen con almendras y miel; en Argentina, con dulce de leche y en México, con coco, entre otros ingredientes). Y, como dice la pintoresca aliteración mexicana, ya encarrerado el ratón, alguien llegó hasta “¿almuerzo?”. Lo que teníamos a la mano para salir de la duda era el celular, por lo que consulté un sitio que me ha servido en ocasiones anteriores (http://etimologias.dechile.net/) y encontré la entrada “almorzar”. Según Valentín Anders, autor del sitio (que no es un profesional de la lingüística pero sí un apasionado de la lengua española) la palabra es una mezcla de la citada partícula árabe con el latín morsus, mordisco. El entusiasmo que nos provocó este hallazgo se vino abajo al seguir leyendo. Una visitante de esta página desmentía esa etimología popular y mostraba que la palabra almorzar es exclusivamente latina. Esto lo pude comprobar más tarde al consultar el diccionario de Joan Coromines. Según éste, almuerzo viene del verbo latino admordére, que significa “morder ligeramente” o “empezar a comer algo”.

A pesar de no ser un caso de palabra árabe basada en una latina, el vocablo tiene mucho que decir. Según el Diccionario de la Lengua Española (DLE, antes conocido como DRAE), el almuerzo es:
1. m. Comida del mediodía o primeras horas de la tarde.
2. m. Comida que se toma por la mañana.
3. m. Acción de almorzar. El almuerzo duró dos horas.
4. m. Bol. Caldo o primer plato del almuerzo o comida principal.

Me parece que esa entrada se podría completar con, al menos, dos acepciones. La primera se usa tanto en España como en México: comida ligera que se consume entre el desayuno y la comida del mediodía. Va de la mano con la idea de mordisco o mordida ligera. Esta acepción, que podría considerarse una especificación de la segunda del DLE, sí está recogida aproximadamente en el Diccionario del Español de México (DEM), del Colegio de México. La segunda acepción que, según yo, falta es más bien mexicana pero no aparece en el DEM. Se refiere a una comida realizada entre el despertar y la comida del mediodía, que puede servir de desayuno (es decir, para romper el ayuno) o no, y que no es ligera. La usamos, por ejemplo, cuando alguien nos cuenta que desayunó un vaso de jugo, un plato de fruta con yogurt, un par de huevos estrellados con chilaquiles, café con leche y pan dulce. Los mexicanos, entre escandalizados y envidiosos, corregimos a esa persona: “eso no fue desayuno, fue almuerzo”. En México, aunque llamamos almuerzo a algo ligero, como lo que los estudiantes toman en el receso y los empleados ingieren en un descanso, también tenemos otras palabras: tentempié, colación e, inclusive, lunch la palabra inglesa. A esta última hasta la convertimos en un platillo: el lonche norteño. Claro que éste puede ser desde un sencillo sandwich hasta una comida completa. Pienso en el lonche “mixto”, de carne de cerdo con aguacate, cebolla, tomate y condimentos, que se come en La Laguna.

El lunch inglés remite también a una comida ligera y una expresión relacionada, to grab a bite, alude al mordisco. Por otra parte, el brunch, que combina un breakfast y un lunch, a veces se traduce como almuerzo. La diferencia con el almuerzo sustancioso mexicano es que después del brunch no se come nada hasta la noche, mientras que al almuerzo mexicano le suceden la comida del mediodía, la merienda de la tarde y la cena.

¿Entonces, almuerzo no tiene nada de árabe? Quizá sí haya algo. El Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Española, de Guido Gómez de Silva, además de lo ya consignado en el DLE y el DEM, dice en la entrada “almuerzo”: “…al– por ad-, probablemente por influjo del artículo árabe al– ‘el, la’, que aparece al principio de muchas palabras españolas de origen árabe…”. Interpreto esta breve acotación de Gómez de la Silva en el sentido de que almuerzo no es una palabra árabe que incorporó a una latina (como, al parecer, es alpiste, ver a Coromines y a de Silva), sino que es una palabra española derivada del latín cuya pronunciación y escritura se deformó por influencia del árabe. Los dos diccionarios etimológicos que he mencionado dicen que es probable que la palabra alborotar (de origen latino) haya cambiado su forma original, abolotar, por influencia del árabe alborozo. Así, almuerzo no sería único en su raigambre latina y en su interacción con el árabe. Pero, ¿por qué no ocurrió a otras palabras latinas lo mismo que a almuerzo? Admordére pasó a almorzar pero allí siguen administrar, admitir y adoptar entre muchas más. ¿Los árabes que ocuparon la península almorzaban de una manera tan peculiar que provocaron la alteración de admordére? Quizá nunca se sepa.

Lamento que almuerzo no sea un injerto de árabe y latín, pero, al menos no es del todo ajena al árabe. Como sea, agradezco a Valentín Anders, de http://etimologias.dechile.net/, por su intuición creativa que me regaló la ilusión momentánea de esa falsa etimología. Se cumplió lo que él dice en su sitio, las etimologías, verdaderas o erróneas, dan tema de conversación. Además, como dice la expresión italiana que también él cita, se non è vero, è ben trovato.

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Al estereotipo, mujeres y niños primero

Uno ha oído o leído muchas veces ciertas expresiones que le molestan y no hace nada más que incomodarse, pero llega un momento en que la necesidad de expresar esa molestia se hace apremiante, aunque la gota que derramó el vaso sea minúscula, menor a algunos de los chisguetes y chorros que ha presenciado antes. Así me pasó hoy al leer una semblanza de la pintora Joy Laville publicada por Jorge F. Hernández en Letras Libres de noviembre (p. 88-89), texto, por lo demás, muy disfrutable. Al describir la reticencia de Laville a exponer sus obras, Hernández dice que en las salas de exhibición “sus cuadros corren el riesgo de ser grafiteados por niños traviesos o del todo incomprendidos por damas sofisticadas que se creen sabihondas”. Desconozco si eso lo dijo la artista o es la interpretación de Hernández sobre lo que ella dijo o simplemente al escritor se le ocurrió que ayudaría a su texto explicar así la actitud de Laville. Por este desconocimiento me apena un poco usar este fragmento como pie para lo que voy a decir a continuación, que me disculpe el autor si sólo transcribió la voz de la pintora.

El asunto, mi asunto, es que, cuando se trata de retratar, criticar y burlarse de la banalidad y de la ignorancia, los intelectuales (hombres y mujeres), al escribir o dar entrevistas o en sus conversaciones, suelen encarnar esos defectos en las mujeres y los niños. Es raro que seleccionen a un varón como el ejemplo de sujeto superficial y estúpido que no llega a las alturas del conocimiento y el arte en las que el intelectual mora. Y no es que falten los ejemplos pero, al parecer, los hombres incultos suplen esta carencia con… ser hombres, sobre todo si son ricos. Porque los varones pobres, en especial, campesinos, sí llegan a ser objeto de las mofas intelectuales, aunque mucho menos que las mujeres de cualquier estrato social.

Además de superficiales, las mujeres del imaginario masculino (intelectual y no intelectual) son chismosas y emocionalmente inestables, sin importar que, al menos en mi experiencia, el chisme y los arrebatos emocionales fluyan por igual en caballeros y damas. De hecho, con base en algunos casos que conozco, me atrevo a proponer que un indicador para identificar a un hombre chismoso e histérico es que califique de tales a las mujeres.

Las esposas de los intelectuales se salvan un poco de todo eso. Cuando otro intelectual habla de las cónyuges de sus colegas, ellas tienen el dudoso honor de ser aludidas como “su bella esposa”, que tan graciosamente los atendió y escuchó en aquella memorable velada, aunque sean tan inteligentes, cultas y productivas como sus maridos.

Por otra parte, las mujeres son excluidas de otras formas de expresión que, al menos yo, encuentro agradables. Me refiero al apelativo “hermano”. No al que nos dirigen nuestros hermanos carnales o “de cariño” (que, por supuesto, es muy agradable), sino con el que nos distinguen aquellas personas que nos consideran compañeros de ideales y causas. Nunca he oído que un hombre le diga “hermana” a una mujer con la que tiene esa comunión de principios. Si acaso, es una “compañera”. Me pregunto si esto se debe a que no se considera a las mujeres dignas de entrar a ese círculo de hermandad o si se evita el término para dejar siempre abierta la posibilidad de otro tipo de relación sin incurrir en incesto.

Y los niños, siempre impredecibles e indignos de confianza, buenos para nada en la mente intelectual. No niego que haya lugares y situaciones que no se llevan bien con los niños y las niñas y reconozco que no todo el mundo tiene por qué encontrarles interesantes, pero eso no es lo mismo que ver a la infancia vacía de reflexión, de sensibilidad y de inteligencia. Son exceptuados de esta percepción los hijos e hijas de los intelectuales, pues o bien están siempre ausentes del escenario o son unos genios según sus padres, como ocurre con todos los padres.

Vaya, si lo que acabo de escribir tiene alguna relación con la realidad, mujeres y niñas y niños siguen siendo objeto de discriminación.

 

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Tweetbalas: la discriminación cotidiana hecha visible

México es balaceado por la discriminación en Twitter. Esa es la persuasiva afirmación de un arma que dispara una bala de pintura sobre una pared con la palabra “México” cada vez que en las cuentas de Twitter mexicanas se acumulan 20 nuevos twits con una etiqueta o hashtag discriminatorios. Se trata de la instalación #tweetbalas, que se puede ver en el Museo Memoria y Tolerancia o en el sitio web tweetbalas.com (aunque, al escribir esto, la transmisión estaba suspendida).

Las etiquetas que hacen disparar a este artefacto son (según Milenio): #EsDeNacos, #Indio, #Gata, #Zorra, #EsDePobre,#EsDeChacha, #EresPuto, #ForeverSirvienta y #HuelesAIndígena. El museo, la agencia de publicidad Ogilvy, la Facultad de Mecatrónica de la UNAM y el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación CONAPRED, responsables de la instalación, quieren hacer evidente que esas expresiones no son insultos triviales. Son una contribución a reforzar las situaciones de discriminación que les dan origen.

Un insulto es, en esencia, la comparación del objeto insultado con un objeto, persona o idea que el insultador (y, muy probablemente, el insultado) considera indeseable, negativo, despreciable. Cuando, por ejemplo, calificamos de cerdo a una persona cuya higiene personal nos parece inadecuada estamos diciendo que su forma de ser es similar a la de un puerco. A veces, incluso queremos decir que esa persona es, tal cual, un puerco. La eficacia de este insulto se basa en la estereotipación (obviamente infundada) de los cerdos como animales sucios. La persona que insultemos con este epíteto puede sentirse ofendido, puede considerar que la calificación que le damos es injustificada o que es una exageración o que, con independencia de su pertinencia, es agresiva. Pero no necesariamente hay discriminación. La habría si le llamamos cochino por una conducta que no es antihigiénica desde un punto de vista objetivo (y creo que en el campo de la higiene hay algunos aspectos que objetivamente son adecuados o no, como lavarse las manos después de ir al baño o antes de preparar comida, en especial comida para otros) sino que es sólo diferente a la del insultador. Ciertamente no hay discriminación contra los puercos, a pesar de que los estamos estereotipando. Se pueden discutir los derechos de los animales pero, en este momento, los dejo fuera de la discusión sobre los derechos humanos.

En cambio, si pensamos que un hombre está enfrentando una situación con miedo injustificado (al menos desde nuestro punto de vista), y por eso le decimos joto, la situación es otra. No sólo estamos usando una forma despectiva de referirse a los hombres homosexuales sino que le estamos atribuyendo de manera estereotipada a este grupo lo que consideramos un defecto (ser pusilánime). Esa expresión discrimina a los homosexuales tanto si se espeta a un heterosexual como si se le endilga a un homosexual. En este último caso, reducimos al insultado al supuesto defecto que pensamos presentan todos los homosexuales.

Otro insulto discriminatorio, quizá el menos advertido como tal y el más difundido, es llamar puta a una mujer porque su conducta o sus ideas no se ciñen a una vaga y equívoca pero férrea noción de lo que es ser mujer. Incluso es uno de los insultos preferidos cuando simplemente hay enojo con una mujer y se le quiere causar daño, aunque no se haya desviado de esa noción. El insulto es usado tanto hombres como por mujeres. Con este insulto, la discriminación ocurre, en primer lugar, porque se estereotipa a las mujeres que se dedican a la prostitución, es decir, al declarar que todas ellas son despreciables y que son despreciables del todo por su forma de ganarse la vida. En segundo lugar, se discrimina a la insultada por asimilarla a un estereotipo debido a una conducta o rasgo parcial. Pero, suele haber otro matiz discriminador, quizá el más grave. Muchos de los hombres que emiten este insulto no sólo están asimilando a la mujer que insultan al grupo de las prostitutas sino que suelen dar por hecho que todas las mujeres se merecen el calificativo o, si no se lo merecen, es porque no han tenido oportunidad o no se las ha descubierto. Hace poco un legislador nos dio una muestra de este tipo de pensamiento.

Los insultos discriminatorios comunes en todo México son más: indio, prieto, chacha, pobre. Y hay otros de alcance local o propios de ciertos grupos. Discriminan a la persona insultada y al grupo que se toma como modelo para el insulto. Hacerlos visibles no es la solución a la discriminación pero es un paso para hacernos conscientes de que los mexicanos también somos racistas, clasistas y, por supuesto, sexistas, a pesar de que tratemos de no ver.

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Llegar a ser alguien

Los padres nos preocupamos por el futuro de nuestros hijos. Hacemos todo lo que está a nuestro alcance para que tengan la oportunidad de “llegar a ser alguien”, como decían nuestros abuelos. Les damos educación, quizá les hacemos un ahorrito. Eso está bien, pero, en la era de Internet, es obviamente insuficiente. Bueno, no es tan obvio, por eso escribo este breve texto cuyo propósito es llamar la atención de mis colegas padres de familia sobre un recurso que será muy útil a nuestros pequeños cuando empiecen su vida profesional pero que, podría apostar, casi nadie está tratando de allegarles. Créanme, si no hacemos algo ahora, cuando nuestros hijos quieran hacer uso de dicho recurso será demasiado tarde.

Me di cuenta de que yo mismo era omiso sobre el asunto hace unos unos días cuando mi hija Daniela me dijo que había un sitio de Internet llamado danielarivera.com, es decir, su nombre. Por supuesto, el sitio no es suyo sino de otra Daniela Rivera, debe haber centenas o miles. Y justo en eso, en que hay muchos homónimos en el mundo, al menos el mundo virtual, reside el problema sobre el que deseo alertar. En dicho mundo, los homónimos atentan contra nuestros empeños para que nuestros hijos sean alguien. Si dejamos que se les confunda con otra persona, ya no serán alguien, sino cualquiera.

¿Por qué no podemos permitir que sean cualquiera? No tengo proyecciones estadísticas de la proporción de personas que trabajarán como profesionistas independientes en las próximas décadas, pero estoy seguro de que no serán un grupo marginal, hay una buena probabilidad de que alguno de nuestros pequeños opte por ejercer su profesión sin ser parte de una organización. Es decir, ellos serán su producto y su nombre será su marca. Ambos deben ser identificables e inconfundibles. Y si hoy en día muchos profesionales que trabajan por su cuenta encuentran útil tener una página web, también estoy seguro de que dentro de algunos años ese recurso será indispensable. Médicos, arquitectos, escritores, abogados, ingenieros en computación, diseñadores, en fin, todo tipo de profesionistas necesitarán una página web para anunciarse, para recibir solicitudes de servicio y, según el caso, hasta para proporcionar el servicio.

¿Y a quién le toca hacer posible que nuestros hijos tengan una página apropiada? Por supuesto, a nosotros, los padres, quienes debemos apartar cuanto antes un nombre de dominio apropiado. Sería injusto que el sitio de nuestro hijo, digamos, cirujano plástico, no pueda llamarse drjuanperez.com o drjuanperez.com.mx (perdón a todos los Pérez por seguir utilizándolos de ejemplo), porque esos dominios ya estén tomados, y termine siendo el poco elegante dr_juan_perez_56bis.info, todo por nuestra falta de previsión. No se diga si nuestro bebé llega a ser una celebridad. No queremos verlo enfrascado en una costosa batalla legal para que un tocayo que es dueño del dominio con su nombre (y sólo lo usa, por ejemplo, para publicar un blog personal) se lo ceda.

Y no sólo se trata de nombres de dominio sino de cuentas de correo electrónico y Twitter y quién sabe qué otra red social que se pondrá de moda más adelante. Para comunicarse con sus amigos de la escuela una cuenta de correo como amoajustin_2001@yahoo.com.mx pasa, pero esa no puede ser la cuenta de, por ejemplo, toda una abogada. ¿Tenemos la seguridad de que cuando ella quiera obtener un nombre de usuario de apariencia profesional ese nombre estará disponible? Por supuesto que no. Entonces, consigámosle uno ya.

Ya sé lo que me dirán. Que no sabemos si nuestros niños querrán ser profesionistas independientes y que mucho menos sabemos la profesión que adoptarán. Pero eso caracteriza al futuro, no sabemos cómo será y de todos modos nos preparamos para diferentes escenarios. En materia del eventual sitio web de nuestros chamacos, nos toca pensar hoy por ellos y cubrir la mayor cantidad de posibilidades. Podemos avanzar poco a poco. Empezar por un dominio con su nombre, como juanperez.com (yo tengo que conformarme con danielarivera.com.mx). Una vez que entren a la universidad y los veamos cómodos con su elección de carrera, les podemos comprar algo más específico, como el mencionado drjuanperez.com o juanperezdiseñador.com.

Quienes tienen hijos por nacer o recién nacidos podrán aducir que ellos están más en control de la situación pues pueden dotar a sus descendientes de un nombre muy original. Pero tengan cuidado, si se pasan de originales, podrían terminar avergonzando a sus niños. Así que, para fines prácticos, los nombres y apellidos no son infinitos. Estos padres harán bien en buscar que sus bebés traigan bajo el brazo no sólo una torta sino un nombre de dominio.

Por supuesto, preparar de esta manera el porvenir de nuestros hijos cuesta. Tendremos que hacer desembolsos mientras ellos crecen, se independizan y empiezan a hacerse cargo de los gastos de mantener su nombre de dominio. Para eso necesitamos más ingresos. Se me acaba de ocurrir que una forma de obtenerlos es convertirse en intermediario para la compra de dominios de Intenet. Ni modo, ya lo escribí, espero que ninguno de ustedes se me adelante.

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El amor por Caifanes

Ayer asistí con mi hijo al concierto de la banda mexicana de rock Caifanes. Yo conocí y disfruté varias de sus canciones a fines de los ochenta y principios de los noventa, aunque nunca fui gran fan. Quizá eso me permitió tomar distancia y ver lo que vi ayer.

Una vez que los asistentes se tranquilizaron al escuchar que sus familiares en casa estaban bien después del temblor o se resignaron a que no sabrían de ellos hasta que la red celular estuviera restablecida, presencié una multitud que cantó cada una de las interpretaciones del grupo con tal volumen que la voz del vocalista, Saúl Hernández, difícilmente se apreciaba. Por lo demás, él y sus compañeros parecían encantados con eso, con que sus fans se supieran todas las letras y las cantaran con tal vehemencia. Se oían todo tipo de expresiones admirativas, algunas emitidas con toda la intención de exagerar (como un “Saúl, soy tu hijo”) pero reveladoras del amor que el público tiene por este quinteto. La exageración parecía surgir del hacerse conscientes de esa pasión desbordada.

Dije amor por la banda y creo que eso, más que admiración, es lo que los asistentes de ayer profesan por Caifanes. Si bien no he ido a muchos conciertos, he disfrutado suficientes presentaciones de figuras del espectáculo, tanto individuos como grupos, para decir que esa efusividad no es lo ordinario. Nunca antes había visto una devoción exaltada y generalizada como la de ayer, quizá sólo en la lucha libre, donde es más efímera, dura sólo las dos horas de la función. En cambio, el conocimiento de la trayectoria y la producción del Caifanes que evidenciaron al menos los que tenía a mi alrededor es algo que han venido acumulando por años y que parece inspirar sus enamoramientos y decepciones, al igual que sus reflexiones existenciales y hasta políticas. Me imagino que la relación de Caifanes con sus fans chilangos es, guardadas las proporciones debidas, la que los Beatles tenían con la población de Liverpool.

Por su parte, los Caifanes se preocuparon por evidenciar más de una vez la reconciliación que ha hecho posible que se presenten de nuevo ante sus fans desde este 2011. Las manifestaciones de afecto entre ellos eran festejadas por el público igual que un hijo celebraría la reunión de sus padres divorciados.

La fiesta terminó con la satisfacción manifiesta en los rostros de quienes dejaban el Palacio de los Deportes, en sus conversaciones, en las compras de recuerdos, una playera, una fotografía o un disco pirata.

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