Archive for noviembre, 2010

Número equivocado

Era el año 1999, el del primer teléfono celular. El primero en mi vida, quiero decir. Era marzo o abril de ese año y yo tenía una hija casi recién nacida y otros dos debajo de los cinco años. Por experiencia sabía que en cualquier momento podía surgir una emergencia: que le subiera la temperatura a la bebé, que le dieran cólicos o, peor, que se le acabaran los pañales. Necesitaba que me pudieran localizar rápidamente si se necesitaba algo: medicinas, pañales o fórmula láctea. A pesar de que los celulares me habían parecido hasta entonces un instrumento de ostentación, creí conveniente comprar uno para, en caso de una emergencia, estar siempre localizable. Sí, fui ingenuo, pensaba que ese aparatito realmente me mantendría siempre al alcance. Si hoy en día las famosas «áreas de servicio» fluctúan caprichosamente, hace once años eran de plano evasivas.

Mi primer equipo celular era de esos que se abren para usarlos (¿tipo polvera, les dicen?). Eso me resultaba un poco incómodo pero era relativamente bonito y pequeño (no quería cargar los ladrillos que solían verse en ese entonces). No sé cuántas llamadas hice o recibí en la primera semana con celular, no creo que hayan llegado a diez en total. La mayoría de ellas pasó a la categoría de llamadas perdidas o terminaron en el buzón de voz porque no había señal o porque yo tardaba mucho en contestar. No estaba acostumbrado a la compañía del teléfono móvil y se me olvidaba qué significaba esa vibración en mi bolsillo. Lo curioso es que, de esas diez llamadas, cuatro fueron equivocadas y que, al pasar al buzón, tuvieron consecuencias funestas, aunque no para mí.

La primera vez que vi en la pantalla del teléfono que tenía un mensaje de voz me inquieté, pensé que era una emergencia de casa. Presioné el botón que debía llevarme al buzón de voz para escuchar el mensaje. Para mi sorpresa y alivio, una voz femenina, joven y cariñosa me decía, por error, palabras más, palabras menos: «te extraño mucho, pero ya vas a llegar, te amooo». «Número equivocado», pensé, y colgué.

Un poco más tarde ese mismo día, había otro mensaje en mi buzón. «Mi vida, ¿a qué hora sales? Estoy en la estética y después me voy a arreglar para que me veas muy bonita. No quiero que lleguemos tarde a la boda de mi prima, ¿no se te olvidó, verdad?». También le hacía saber que estaba ansiosa por presentarlo a su familia. Iba a presumir a su nuevo novio y parecía muy confiada en que causaría una gran impresión. Hizo además un par de comentarios sobre las habilidades amatorias del muchacho que me hicieron sonrojar. Me llamó la atención que se equivocara por segunda vez consecutiva pero supuse que el joven no tardaría en llamar a su amada y en sacarla del error.

No fue así. Yo no contestaba las llamadas a tiempo. Entre darme cuenta de que el aparato estaba vibrando (siempre me ha disgustado la irrupción del tono de un celular), sacarlo del estuche, abrirlo y presionar el botón Send me tardaba tanto que quienes me estaban llamando colgaban o terminaban escuchando «este es el buzón de voz de cinco, cinco, tres, uno, cuatro, dos, nueve, cero, seis, seis, deje su mensaje». Por eso obtuve una tercera grabación. La muchacha se oía nerviosa. «Ya estoy lista, ¿eh? ¿Ya bajaste del avión? ¿Pasas por mí o paso por ti?». Estaba impaciente. De seguro no quería llegar sola a la boda después de haber anunciado a un partidazo. Consideré unos segundos la posibilidad de marcarle y decirle que sus anteriores mensajes no habían alcanzado su destino. No lo hice.

Por cuarta ocasión oí la voz de Lila (le doy un nombre porque a estas alturas ya creo que puedo dejar de llamarla «muchacha» y referirme a ella con más confianza), ahora borracha: «¿Qué te pasó hijo de la… Aquí me tienes de tu p… Qué poca madre tienes, c…» y lindezas por el estilo. Podía escuchar la orquesta y el murmullo de los asistentes detrás de la furia de Lila. Seguramente se había sentido ridícula al aparecer en la boda sin el previamente publicitado galán. «Ya me lo sospechaba, Lila soñando otra vez», pudo haber dicho, despreciativa, una de sus primas. Y Lila se desquitó con mi buzón de voz. Después de maldecir al ausente con toda la desenvoltura que facilita la ebriedad colgó. No supe más de ella. ¿Volvió a intentar ponerse en contacto con su novio? ¿La llamó él y ella no le tomó la llamada? ¿Se aclaró todo y fueron muy felices?

Me pregunté entonces y me he vuelto a preguntar después, por qué no llamé a Lila para avisarle de su error. En primer lugar, me respondo que aquello me parecía un claro error de dedo, no concebía que ella tuviera mal registrado el número de su novio, así que nunca preví el desenlace. Pero, ante todo, no la llamé por discreción. Yo no debía saber lo que sabía y pensé que ella pasaría por una gran vergüenza al darse cuenta de que me había revelado intimidades. Yo pasaría por chismoso. Recuérdese que se trataba de la era pre-Facebook. En ese entonces uno no tenía acceso a todo tipo de detalles y chismes de los amigos de los amigos (y de completos desconocidos) y mucho menos se sentía con derecho a decir «me gusta» o «súper, los amo, XD», cuando alguien daba a conocer a los cuatro vientos (perdón por el anacronismo de la expresión) que estaba con su pareja dándole de comer a los patos en Chapultepec.

Tal vez la discreción, ese componente de la buena educación, según mis padres, no es una virtud en la época de la comunicación multimodal y omnipresente, en un mundo con celulares, Facebook y Twitter.

4 Comments

¿Festejar la Revolución Mexicana?

Porfirio Díaz
No es lo mismo la Independencia que la Revolución Mexicana. Me refiero a que tienen características por las que no puedo contemplar de la misma manera los dos aniversarios que este año se están celebrando fastuosa e impuntualmente. Me explico.

La Independencia, al margen de la discusión sobre si debemos celebrar su inicio o su consumación, representa un claro punto de inflexión a partir del cual se puede hablar de un nuevo país, así sea sólo legalmente. Por supuesto, no todo es muy cristalino, para empezar, los intereses que consumaron la independencia no eran los mismos que los que la iniciaron. Pero al menos sabemos que esos diferentes intereses coincidían en la búsqueda de un país independiente y que eso obtuvieron. Si alguien se siente mexicano, con todos los asegunes que esto tiene (ver los míos en mi publicación de hace dos meses en este mismo blog), puede celebrar el bicentenario de la Independencia como el nacimiento de este país del que se considera parte.

La Revolución Mexicana no se presta para lo mismo. Podemos darle como inicio el 20 de noviembre de 1910 pero no podemos darle como fin el 25 de mayo de 1911 (menos de un año después), fecha en que Porfirio Díaz renunció a la presidencia, es decir, cuando el levantamiento obtuvo lo que pretendía. En cambio, llamamos también Revolución Mexicana a los enfrentamientos ocurridos durante varios años más y que ya no tenían como objetivo derrocar a Porfirio Díaz sino que uno u otro caudillo revolucionario llegara al poder. (Me parece curioso como el discurso del festejo del centenario llama a la Revolución Mexicana «el movimiento armado», como si fuera un solo movimiento medianamente coherente y no un tremendo enredo de intereses).

Si se considera al movimiento cristero como una respuesta a políticas instauradas por algunos de los caudillos, se puede decir que los enfrentamientos siguieron hasta 1929. Además, en ese año, Plutarco Elías Calles funda el Partido Nacional Revolucionario (PNR), que después se transformaría en Partido de la Revolución Mexicana (PRM) y, más tarde, en el Partido Revolucionario Institucional (PRI). Ese partido se encargó de canalizar políticamente (decir que electoralmente sería una burla) las luchas armadas previas entre revolucionarios. Desde cierto punto de vista, ese año de 1929 puede ser declarado (y varios historiadores así lo hacen) el año de terminación de la Revolución Mexicana. Pero no el de su consumación, por la simple razón de que es difícil atribuir un objetivo a esas múltiples y cambiantes facciones que guerrearon durante diecinueve años. La Revolución Mexicana, entonces, no se consumó sino que se consumió.

Por otra parte, si hacemos caso a la retórica del PNR, el PRM y el PRI, la Revolución Mexicana continuó sin batallas por varias décadas más. Políticas educativas, movimientos artísticos y, sobre todo, el omnipresente PRI, trataban de crear la sensación de que todo lo que pasaba en este país era resultado de la gloriosa Revolución Mexicana. Hasta para defenderse de sus críticos, el PRI acusaba a estos de tener intereses oscuros (también los calificaba de exóticos) contrarios a la Revolución Mexicana y a la nación que dicho partido se había apropiado. Igual que los obispos se justifican como sucesores de los apóstoles, los priístas se justificaban como herederos (y alguno como cachorro) de la Revolución Mexicana. No necesitaban otro mérito o virtud (muchos de sus políticos, de hecho, no los tenían).

Al considerar los costos en vidas y en infraestructura de los casi veinte años de guerra y los costos en civilidad y en desarrollo económico de los setenta años de regímenes «revolucionarios», no puedo dejar de pensar la Revolución Mexicana de una manera similar a como pienso el sismo de 1985: abrió la puerta a algunas mejoras sociales, políticas y culturales y trajo otros males en los mismos terrenos pero, en sí misma, fue una desgracia. Por tanto, no veo cómo festejar la Revolución Mexicana. Puedo recordar lo que fue y lo que trajo; valorar a algunas personas y resultados, comprender a otros y repudiar a otros más; empatizar con los que sufrieron la violencia y con todos aquellos a los que la revolución no les hizo justicia sino que los ajustició con pobreza; puedo constatar los genes «revolucionarios» que perviven en nuestra vida pública. En fin, puedo tratar de aprender algo de la Revolución Mexicana, pero no festejarla.

1 Comment

Aprender algo nuevo cada… ¿año?

El pasado 11 de noviembre asistí a una conferencia dictada por Richard Elmore (ver foto), un profesor de Harvard, con el título «Reforma educativa y aprendizaje escolar». En realidad presencié sólo los últimos quince minutos de la conferencia pues diferentes circunstancias me impidieron llegar desde el inicio al edificio de la Secretaría de Educación Pública situado en la calle de Argentina, donde se realizó el evento. Pero en esos quince minutos, de hecho, en los últimos cinco, Elmore dijo algo que me hizo reflexionar sobre mí mismo, en tanto profesional de la educación y en tanto persona.

Richard Elmore

El conferencista comentó que procura regularmente emprender el aprendizaje de algo nuevo hasta llegar a tener un cierto dominio del tema. En algún momento estudió fotografía, logró dejar de ser un mero aficionado y ahora está tratando de pintar acuarela. Esta revelación personal vino a cuento a propósito de la explicación de sus ideas pedagógicas que alguien del público le solicitó. Expresó que, para él, el trabajo del maestro no consiste en transmitir conocimiento, pues eso ni siquiera es posible, sino en transferir el control del aprendizaje del maestro al estudiante. Esta idea, por supuesto, no es original, ni siquiera está expuesta de la mejor manera posible, pero lo importante es el papel que en la aplicación de esta idea juegan sus proyectos personales de aprendizaje. Iniciar el aprendizaje de temáticas de las que desconoce casi todo (por lo que necesita un maestro) le sirve a Elmore, al menos así lo entendí yo, para experimentar lo mismo que un estudiante, en especial, experimentar lo que le pasa a un maestro que está asumiendo el papel de estudiante cuando es parte de las acciones de reforma educativa que Elmore investiga y asesora.

Esta versión de la consigna «salario mínimo al presidente para que vea lo que se siente» me pareció una recomendación muy pertinente para todos aquellos que desde la docencia, desde la formación de docentes, desde la investigación o desde la administración educativa proponemos o hemos propuesto alguna vez que los estudiantes cambien sustancialmente, sobre todo para quienes creemos que los maestros mexicanos deben cambiar sustancialmente su práctica para que la educación de este país sea de calidad. Si no tenemos idea de lo que significa cambiar nuestra forma de ejercer una profesión después de años de hacerlo de otra manera, es decir, si no sabemos por experiencia propia lo que es aprender algo desde cero o casi cero, no podremos entender a los maestros que queremos cambiar. Lo bueno es que todos hemos tenido esa experiencia… varios años atrás. «Sólo» hace falta recordarla, volverla a vivir o hacer un ejercicio honesto de empatía con los maestros.

Pero esta confidencia de Elmore puede ser aprovechada al margen del quehacer educativo. Me parece una especie de aventura eso de aprender algo nuevo, de verdad nuevo. En lo personal, me gusta mucho aprender constantemente, pero debo reconocer que, al menos desde hace algunos años, aprendo principalmente sobre campos en los que ya me muevo con cierta fluidez, la mayoría de los cuales son parte de mi trabajo. Al pensar en aquellos momentos en los que he tenido que reacomodar ideas, habilidades y hábitos para hacerme de un nuevo conocimiento, recuerdo emociones muy fuertes, tanto de placer como de miedo, miedo que, al ser vencido se transformó en placer, en satisfacción. Quizá lanzarme de nuevo a una empresa de aprendizaje profundo me podrá proporcionar no sólo esas emociones, no sólo conocimientos útiles sino, espero, me permitirá mantener la mente despierta y el espíritu abierto a la comprensión de los procesos de aprendizaje de los demás. Ahora resta definir el tema al que se dirigirá ese proyecto.

¿Quisieras compartir tus propias experiencias de aprendizaje? Más abajo en esta página encontrarás un cuadro en el que puedes escribir tus comentarios.

7 Comments

Parecer antes que ser – los políticos, una vez más

En su artículo de hoy en Reforma, titulado «Alto vacío», Juan Villoro habla de los gobernantes como incultos y dedicados a la apariencia contra la congruencia. Sus ejemplos son Sebastián Piñera, presidente de Chile y desconocedor del linaje nazi de la expresión Deutschland über alles; Luis Echeverría, presidente de México de 1970 a 1976, desconocedor de la ubicación geográfica de Berlín y Antanas Mockus, candidato perdedor a la presidencia de Colombia. Este último es, de hecho, el contraejemplo de la tesis de VIlloro, pues, cito a Villoro: «Cuando le preguntan algo no concede una respuesta, sino que ofrece una reflexión. Eso lo perjudicó seriamente».

Si leemos los diarios, escuchamos los noticieros en la radio o los vemos en la televisión, podemos darnos cuenta de que la mayoría de los políticos no reacciona como Mockus y parecen tener como lema: «antes la incongruencia o la falsedad que tardarse en contestar». Desafortunadamente, parece que las posiciones de liderazgo, no sólo en el gobierno, sin también en la iniciativa privada, en la escuela o en el hogar, invitan a adoptar esa consigna. La salida fácil a los problemas que plantea ser líder es la de parecer fuerte sin serlo. Lástima que aparentar ser fuerte no sirve más que fugazmente si realmente no se tiene la fortaleza para impulsar a un grupo a identificar sus objetivos y a trabajar por ellos.

,

6 Comments

Reglas de etiqueta para Internet: ¿moda o necesidad? Siete reglas

“¿Sabe usted escribir un mensaje de texto en un teléfono celular?”. Esta es la pregunta que podría sustituir a la clásica “¿Puede usted escribir un recado?”, que aparece en los cuestionarios de varios estudios sociales para conocer si una persona sabe leer y escribir o es un analfabeta funcional. Se podría preguntar también si el entrevistado escribe en su muro de Facebook o si “tuitea”, al menos, de vez en cuando. No tengo estadísticas, pero basta observar  un rato a la gente en las calles, en las oficinas, en los restaurantes, en las escuelas o en el Metro para poder concluir, de manera poco científica pero incontrovertible, que son muchos los que usan alguno de estos medios para comunicarse con sus conocidos o desconocidos. Y que seguramente son más que los que escriben un recado en su casa o en su trabajo.

Ante este fenómeno, muchos hablan del nacimiento de una nueva forma de escritura y algunos proponen reglas de etiqueta para ella. De hecho, las reglas de etiqueta para Internet (o netiqueta si traducimos el inglés netiquette) existen desde los ochenta, antes de que existiera la world wide web, es decir, antes de que pudiéramos hacer clic en las páginas cuya dirección empieza con “http://“. Y muchas de esas reglas son muy pertinentes para aprovechar la red y no causar molestias innecesarias a los destinatarios de nuestros mensajes. De hecho, se refieren no tanto a la forma de escribir los textos sino a la forma de difundirlos. Sin embargo, las recomendaciones que más circulan en las revistas y en las secciones de Internet de los diarios son del tipo: “no escribas con mayúsculas porque en Internet eso es como si estuvieras gritando”. Como si los textos en Internet fueran distintos a los que se pueden escribir en papel.

Concedo que un mensaje SMS por celular o una publicación en Twitter pueden requerir ajustar un poco nuestra escritura. Pero no es la primera vez que un medio nuevo provoca esto. No tenemos que irnos hasta la invención de la imprenta o más allá. El telégrafo (¿lo conocen los menores de 30 años?), hoy usado para poco más que amenazar a los deudores de los bancos, ya exigía que escribiéramos cosas como “BIEN SALUD. VENTAS HELADO MAL. MUCHO FRIO (sic, si mal no recuerdo, no había acentos en los telegramas, como tampoco minúsculas). FAVOR ENVIAR DINERO”. Como la tarifa más baja sólo permitía diez palabras, no podía uno decir: “Querido padre. Me encuentro gozando de buena salud a pesar del intenso frío. Pero, como te imaginarás, la gente no compra helados en esta época y mi negocio está a punto de quebrar. Por favor, envíame el dinero que pueda para irla pasando hasta que llegue la primavera”. La diferencia con los mensajes de texto o Twitter es que el mensaje debe ser corto en caracteres, no en palabras. Esto explica que se diga “Toy bien pero sin $ pq mucho frio (sic, quienes escriben SMS no suelen poner acentos) y no vendo helados manda $ pf (tampoco suelen añadir comas)”. Esos son menos caracteres que los 150 que proporciona Telcel por la cuota mínima. Esto es muy práctico y ahorrativo si uno necesita comunicarse con el teléfono celular, pero dista mucho de ser una solución originalísima y genial. Ni hablar de recomendarla para otros medios, ni siquiera para los correos electrónicos. Se cobre por caracteres, por palabras, por kilobytes o por gramos (el correo ordinario), la comunicación completa y clara en el lenguaje conocido por la mayoría de los hablantes es insustituible, sobre todo si se quiere decir algo más que “hola wey, vms al cine? (sic por la transcripción de güey, derivación de buey, y por la ausencia del signo de interrogación inicial)” o (“trae leche y pan”).  Por algo no se ha generalizado la taquigrafía, escritura económica por excelencia.

Lo que quiero decir es que ni los mensajes por celular ni el correo electrónico reinventan la escritura. Es obvio que introducen nuevas condiciones, que imponen adaptaciones en nuestra forma de escribir. Pero no exigen una nueva gramática ni mucho menos. La mayoría de las normas aplicables a un correo electrónico ya se aplicaban a una carta de esas que se metían en un sobre o pueden pedirse también a un memorándum dentro de una empresa. Eso sí, no está de más hacer explícita la transferencia de algunas de esas normas al correo electrónico, así como proponer otras derivadas de las peculiaridades tecnológicas y sociales de este medio. Las normas serán útiles en la medida en que favorezcan la comprensión, la economía de tiempo y dinero y la seguridad. Me atrevo a proponer siete reglas que buscan ser útiles en los sentidos mencionados pero que, reconozco, también nacen de mis propias obsesiones y del desconcierto ante ciertas prácticas de mis corresponsales electrónicos.

  1. No usar sólo mayúsculas. No porque crea que me están gritando (sí creo que escribir algunas palabras con puras mayúsculas, en ciertos contextos, significa tratar a los lectores como tontos que no pueden entender una idea escrita con altas y bajas), sino porque los párrafos son más difíciles de leer (si se cree que el destinatario está medio ciego, se puede agrandar la fuente sin necesidad de convertir todo a mayúsculas), se dan confusiones entre palabras que pueden ir acentuadas o no (la mayoría de quienes usan sólo mayúsculas no emplea acentos) y porque, al menos a mí (una vez más admito que mis prejuicios y obsesiones me impulsan a escribir esto), esos textos me dan la impresión de flojera y descuido, no me provocan interés en leerlos.
  2. Si se va a reenviar un correo con un chiste, un mensaje inspirador, una advertencia de peligro o un llamado a unirse a una causa, tener cuidado de usar archivos adjuntos sólo si es necesario. Es decir, si un chiste no necesita imágenes y ser contado en capítulos estrictos (las diapositivas de un PowerPoint pueden ayudar a crear suspenso o a sorprender), ¡no hace falta insertarlo en una presentación PowerPoint! Basta teclear el chiste en el cuerpo del correo electrónico. Lo mismo puede decirse de cualquier otro tipo de mensaje. ¿Por qué propongo esta regla? Porque los archivos adjuntos hacen lenta la transferencia de los correos del servidor a nuestra computadora, porque llenan nuestros buzones de entrada y porque pueden traer virus.
  3. Enviar sólo lo que vale la pena enviar. Sé que esta regla es muy general y que no sólo se aplica a Internet, pero no quiero dejar de presentarla. Lo que quiero decir es: refrenar el impulso de hacer clic automáticamente en el botón «Enviar» y, sobre todo, en el botón «Reenviar», revisar el contenido dos o tres veces para determinar:
    • Si el chiste que enviamos lo contaríamos a nuestros amigos cara a cara. Si no lo haríamos porque no le daría risa a nadie, quizá no vale la pena enviarlo. Por lo demás, reconozco que enviar ciertos chistes por escrito ayuda a quienes no tenemos mucha gracia o para descargar en “la red” la responsabilidad de contar un chiste peladísimo.
    • Si el mensaje inspirador nos dice algo a nosotros o si solamente suena bonito y tiene muchas fotografías espectaculares. Si ocurre esto último, uno podría tomarse la molestia de borrar textos sin sentido o cursis y dejar sólo las imágenes (que también podrían “subirse” a Facebook o Flickr y sólo enviar el enlace por correo).
    • Hablando de mensajes inspiradores: ¿ya confirmaste que esos párrafos que te llegaron de verdad fueron escritos por Borges, García Márquez o Vargas Llosa? Si no tienen el prestigio de haber sido escritos por ellos, ¿te siguen pareciendo interesantes o motivadores?
    • Si la advertencia de peligro tiene bases reales. No es suficiente el criterio de “por si las dudas”. Ya sabemos lo que le pasó a Pedrito por andar asustando con el lobo cuando no había tal.
    • Si la causa noble existe o si es tan noble. ¿Ya revisaste si el correo que te llegó y que dice que hay un niño perdido incluye fechas (y fechas recientes), si la casa del niño está en tu ciudad o, al menos, en tu región o país? ¿Verificaste que existe esa política empresarial a la que te piden boicotear? ¿Está en extinción el canario rayado o siquiera existe?
  4. Si el mensaje pasó la prueba de la regla anterior, incluir en el cuerpo del mensaje una pequeña nota para que los receptores sepan que uno lo mandó, que no es obra de un programa invasor que reenvía mensajes spam o virus automáticamente. Basta con “Les recomiendo estos chistes. Juan”.
  5. Si el mensaje ya pasó todas las reglas anteriores, no lo reenvíes a quienes sabes que ya lo recibieron. Revisa los destinatarios que incluyó quien te envió el mensaje, en caso de que no estén ocultos (ocultarlos es buena práctica).
  6. Ir al grano en las noticias e invitaciones. Cuando el tema, la fecha, la hora o el lugar de un evento está perdido en el mensaje hay menos probabilidades de que el lector se interese y asista. Últimamente está de moda hacer invitaciones o comunicar noticias mediante archivos pdf o imágenes que reproducen los carteles con los que se difunde algo en las paredes de las empresas o las escuelas. El “asunto” del mensaje está en blanco o dice nada más: “Conferencia”. Entiendo que, si ya se gastó dinero en diseñadores, se quiera difundir el bonito cartel. Pero, si ya se va a violar la Regla 2 (ver arriba), por lo menos, inclúyanse los datos básicos en un parrafito para no tener que esperar a que “baje” la imagen o el archivo pdf: “Conferencia ‘Cómo escribir correos electrónicos eficaces’, por Juan de las Pitas. Lunes 8 de noviembre en el auditorio Carla Bruni de la Universidad Auténtica del México Virtual”.
  7. Una regla de especial importancia para quienes trabajan en organizaciones: Fijarse bien en el botón en el que se hace clic para responder un correo. No es lo mismo “Responder” que “Responder a todos”. No siempre es apropiado causar un sonrojo general al enterar a todos de lo que se respondió al emisor original.

Estas reglas, es claro, no cubren todo lo que puede hacerse para mejorar la comunicación por Internet (no cubren siquiera mis obsesiones con el tema). Tal vez alguien piense que no son de utilidad alguna. Espero, sin embargo, que permitan comunicarme con ustedes, posibles lectores, y recibir sus críticas, precisiones o sugerencias de adiciones.

, ,

4 Comments