Chistes sexistas

¿Hay temas que deben quedar excluidos de los chistes? Ricky Gervais, el cómico británico conocido por no dejar títere con cabeza opina que no. Él se mete con todo el mundo. Sin embargo, dice que no encuentra chistosos ciertos chistes y, por tanto, no los cuenta. Lo que esos chistes tienen en común no es tanto un tema sino una forma de tratarlo. Son los chistes racistas. Dice de ellos:

Puedes hacer chistes sobre las razas sin que una raza sea el blanco de la broma… No me gustan los chistes racistas. No porque sean ofensivos. No me gustan porque no son chistosos. Y no son chistosos porque no son verdaderos. Casi siempre, en algún punto, están basados en una falsedad, que me echa a perder la broma.

Creo que a todos nos pasa eso, si las premisas de un chiste sin falsas, se pierde el chiste. No me refiero, por supuesto, a los personajes. Un chiste puede ser muy bueno aunque sus personajes sean animales que hablan o fantasmas. Las premisas clave son las características de esos personajes.

Si esto es cierto, ¿qué dice de nosotros que riamos ante un chiste racista o sexista? Dice que creemos que las premisas son ciertas. Si nos carcajeamos por un chiste sexista, creemos que, en efecto, las mujeres son más tontas, chismosas o emocionalmente inestables (entre otros atributos) que los hombres.

Aclaro que no creo que todos los chistes que tienen que ver con mujeres o las relaciones entre hombres y mujeres son sexistas. Comparto con Gervais la creencia de que nada debe estar al margen de los chistes y que el humor puede ser una forma de entender y criticar el mundo. Es más, me atrevería a decir que es una forma de amarlo. Pero no encuentro divertidos los chistes sexistas como los definí antes porque me parece que, al ser falsas las premisas (la inferioridad de las mujeres), no hay chiste. Se trate de un chiste en forma (introducción, desarrollo y desenlace) o una simple intervención en una conversación que pretende ser humorística, si parte de ese supuesto, no me hace reír.

No estoy por la censura, pero si por la crítica de los chistes sexistas, racistas o discriminatorios en cualquier forma. Me parece una forma de crítica literaria y política que amerita ser ejercida con más frecuencia. (Y, por si las dudas, reitero: que un chiste incomode no lo convierte automáticamente en discriminatorio).
Una de las muchas formas en que podemos celebrar el Día Internacional de la Mujer es pensar en la última vez que escuchamos un chiste sexista. ¿Nos provocó risa?

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En la educación, ¿de qué lado estamos? ¿Estamos en un lado?

La reseña de José Antonio Aguilar Rivera del libro Moisés Sáenz: vigencia de su legado (Monterrey, Escuela Normal Superior “Moisés Sáenz Garza”, 2015, de Edmund T. Hamann (nexos), compara las posturas educativas de Sáenz con las de Vasconcelos. Junto a las obvias diferencias, se aprecian las similitudes. Representan dos caminos: la renuncia o la afirmación de lo local/nacional/indígena (entendido de maneras no necesariamente ordinarias). Pero en ambos casos se aspira a la universalidad. Uno es pragmatista y protestante, sólo lo que tiene una utilidad concreta es valioso. Entre lo útil/valioso está aprender a disfrutar la vida. Duda Aguilar Rivera si eso materia de la educación o más bien de la religión (o de la filosofía, diría yo) y recuerda que el pragmatismo de Dewey se llegó a descarrilar en antiintelectualismo. El otro es católico, metafísico, y busca altos valores y conceptos consagrados. Ambos quieren transformar las vidas de los mexicanos. Ambos quieren enseñarles una vida buena.

Me gustaría decir que esta discusión sigue en el México actual pero, en realidad, la discusión educativa es muy escasa. El debate se da sobre lo accesorio, no sobre lo que los mexicanos, diversos, aspiramos para los mexicanos: lo común y lo diverso. Y la escasa discusión propiamente educativa, con pocas y valiosas excepciones, es incoherente: universalismos que recortan tramposamente el universo, pragmatismo antiintelectualista mezclado con una exaltación de lo local que los locales no reconocerían, propuestas de una nueva escuela que no reconocen a la actual o a cualquier otra como fenómeno social y se diluyen en deseos a los que se hace mucho favor al llamarlos buenos.

Resulta entonces que, cuando se piensa que está a favor de algo o de alguien, bien puede uno estar combatiéndolo, gracias a un pensamiento poco riguroso. Sí, se necesita rigor en la discusión y el trabajo educativo. La educación no es un campo en el que los problemas se resuelven con términos efectistas pseudo profundos.

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Las recomendaciones de los políticos

¿Cuál es la culpa del panista de Sinaloa que recomendó a la diputada amiga de El Chapo y que el PAN expulsará?

Si está ligado al narcotráfico, la expulsión del partido es lo de menos, se le debe denunciar penalmente.

Si la diputada ofreció apoyos políticos o económicos a cambio de su espaldarazo, la mayoría de los miembros de todos los partidos deberían ser expulsados.

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El árabe que no lo era

Hace unos días, una conversación familiar derivó (de esa manera en que derivan las conversaciones sabrosas y los barcos sin timonel) hacia el origen árabe de algunas palabras del español, muchas de las cuales inician con el artículo “al-“. Y empezó la cacería de palabras, que si álgebra, que si almíbar, que si almacén. Yo no pude menos que recordar las bellas alhaja, almohada y alfanje, integrantes de una lista cuya ortografía tuve que aprender en tercero de primaria. Alfanje me remitió a su casi anagrama falange (sólo falla la g), que nos llega del griego vía el latín y el francés, y que denomina a los huesitos de los dedos de las extremidades superiores e inferiores, a ambos lados del cuerpo, así como a ciertos movimientos políticos, pero sólo los del lado derecho.

Aunque el español tomó del árabe muchos términos que no empiezan con al- (el prometido paraíso, la sandía de carcajada y el higiénico talco, por citar algunos), nos seguimos con aljibe, alquiler y alfajor (que en España también llaman alajú y lo hacen con almendras y miel; en Argentina, con dulce de leche y en México, con coco, entre otros ingredientes). Y, como dice la pintoresca aliteración mexicana, ya encarrerado el ratón, alguien llegó hasta “¿almuerzo?”. Lo que teníamos a la mano para salir de la duda era el celular, por lo que consulté un sitio que me ha servido en ocasiones anteriores (http://etimologias.dechile.net/) y encontré la entrada “almorzar”. Según Valentín Anders, autor del sitio (que no es un profesional de la lingüística pero sí un apasionado de la lengua española) la palabra es una mezcla de la citada partícula árabe con el latín morsus, mordisco. El entusiasmo que nos provocó este hallazgo se vino abajo al seguir leyendo. Una visitante de esta página desmentía esa etimología popular y mostraba que la palabra almorzar es exclusivamente latina. Esto lo pude comprobar más tarde al consultar el diccionario de Joan Coromines. Según éste, almuerzo viene del verbo latino admordére, que significa “morder ligeramente” o “empezar a comer algo”.

A pesar de no ser un caso de palabra árabe basada en una latina, el vocablo tiene mucho que decir. Según el Diccionario de la Lengua Española (DLE, antes conocido como DRAE), el almuerzo es:
1. m. Comida del mediodía o primeras horas de la tarde.
2. m. Comida que se toma por la mañana.
3. m. Acción de almorzar. El almuerzo duró dos horas.
4. m. Bol. Caldo o primer plato del almuerzo o comida principal.

Me parece que esa entrada se podría completar con, al menos, dos acepciones. La primera se usa tanto en España como en México: comida ligera que se consume entre el desayuno y la comida del mediodía. Va de la mano con la idea de mordisco o mordida ligera. Esta acepción, que podría considerarse una especificación de la segunda del DLE, sí está recogida aproximadamente en el Diccionario del Español de México (DEM), del Colegio de México. La segunda acepción que, según yo, falta es más bien mexicana pero no aparece en el DEM. Se refiere a una comida realizada entre el despertar y la comida del mediodía, que puede servir de desayuno (es decir, para romper el ayuno) o no, y que no es ligera. La usamos, por ejemplo, cuando alguien nos cuenta que desayunó un vaso de jugo, un plato de fruta con yogurt, un par de huevos estrellados con chilaquiles, café con leche y pan dulce. Los mexicanos, entre escandalizados y envidiosos, corregimos a esa persona: “eso no fue desayuno, fue almuerzo”. En México, aunque llamamos almuerzo a algo ligero, como lo que los estudiantes toman en el receso y los empleados ingieren en un descanso, también tenemos otras palabras: tentempié, colación e, inclusive, lunch la palabra inglesa. A esta última hasta la convertimos en un platillo: el lonche norteño. Claro que éste puede ser desde un sencillo sandwich hasta una comida completa. Pienso en el lonche “mixto”, de carne de cerdo con aguacate, cebolla, tomate y condimentos, que se come en La Laguna.

El lunch inglés remite también a una comida ligera y una expresión relacionada, to grab a bite, alude al mordisco. Por otra parte, el brunch, que combina un breakfast y un lunch, a veces se traduce como almuerzo. La diferencia con el almuerzo sustancioso mexicano es que después del brunch no se come nada hasta la noche, mientras que al almuerzo mexicano le suceden la comida del mediodía, la merienda de la tarde y la cena.

¿Entonces, almuerzo no tiene nada de árabe? Quizá sí haya algo. El Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Española, de Guido Gómez de Silva, además de lo ya consignado en el DLE y el DEM, dice en la entrada “almuerzo”: “…al– por ad-, probablemente por influjo del artículo árabe al– ‘el, la’, que aparece al principio de muchas palabras españolas de origen árabe…”. Interpreto esta breve acotación de Gómez de la Silva en el sentido de que almuerzo no es una palabra árabe que incorporó a una latina (como, al parecer, es alpiste, ver a Coromines y a de Silva), sino que es una palabra española derivada del latín cuya pronunciación y escritura se deformó por influencia del árabe. Los dos diccionarios etimológicos que he mencionado dicen que es probable que la palabra alborotar (de origen latino) haya cambiado su forma original, abolotar, por influencia del árabe alborozo. Así, almuerzo no sería único en su raigambre latina y en su interacción con el árabe. Pero, ¿por qué no ocurrió a otras palabras latinas lo mismo que a almuerzo? Admordére pasó a almorzar pero allí siguen administrar, admitir y adoptar entre muchas más. ¿Los árabes que ocuparon la península almorzaban de una manera tan peculiar que provocaron la alteración de admordére? Quizá nunca se sepa.

Lamento que almuerzo no sea un injerto de árabe y latín, pero, al menos no es del todo ajena al árabe. Como sea, agradezco a Valentín Anders, de http://etimologias.dechile.net/, por su intuición creativa que me regaló la ilusión momentánea de esa falsa etimología. Se cumplió lo que él dice en su sitio, las etimologías, verdaderas o erróneas, dan tema de conversación. Además, como dice la expresión italiana que también él cita, se non è vero, è ben trovato.

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El Chapo, Sean Penn, nosotros

Es claro que la entrevista de Sean Penn a Joaquín El Chapo Guzmán es más sobre Sean Penn que sobre El Chapo, como ya varios han dicho (veánse Trejo Delabre en Crónica y Jack Mirkinson en Salon). Trata de la admiración del actor hacia poderosos megalómanos y criminales, de alguien que quiere creerlos menos malos que los poderosos por mandato legal (y, a veces, también criminales). En la medida en que ése es su tema, también trata de todos nosotros, los ciudadanos comunes y nuestra relación con el poder.

El recurso amarillista usado por Penn al decir que se dirigía a entrevistar a uno de los dos presidentes de México es más que una exageración de mal periodista. Lo mismo puede decirse de su beatificación de la violencia empleada por El Chapo, de su empatía hacia la elección profesional del traficante de drogas y de la falta de criticidad -aunque fuera diferida- hacia las respuestas de su entrevistado. Cuando los hombres y las mujeres de a pie contemplamos la corrupción de los gobernantes, la complicidad de los líderes de la “sociedad civil” y la cobardía oprimida de muchos de nosotros, surge la tentación de reverenciar a quienes son o parecen ser organizados y eficaces, valientes y asertivos, competidores del Estado -no opositores- desde la ilegalidad.

Antes que Penn, todo indica que la actriz Kate del Castillo ya había sucumbido a esa tentación. Y seguro más de uno ha escuchado a un amigo, a un compañero de trabajo o a sí mismo expresar esa actitud. Pero ni El Chapo ni ningún otro criminal está de nuestro lado. El hecho de que, además de delincuentes, sean personas con afectos familiares y con lealtades gremiales y comunitarias no desvanece sus hechos. Las aberraciones de los políticos y de los perseguidores del narcotráfico no compensan las perpetradas por los traficantes. Se podría cambiar la ley para hacer legal la producción, el comercio y el consumo de las drogas -como yo creo que se debe hacer- y ellos seguirían teniendo culpas que pagar por el uso de la violencia, por el terror que han diseminado.

De acuerdo, esta entrevista, no tanto por sus méritos cuanto por sus defectos, da para reflexionar sobre más temas. Pero, al final, casi todos tienen que ver con nosotros y el poder, con la manera en que lo buscamos, lo enfrentamos, lo evadimos y lo disfrutamos.

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Al estereotipo, mujeres y niños primero

Uno ha oído o leído muchas veces ciertas expresiones que le molestan y no hace nada más que incomodarse, pero llega un momento en que la necesidad de expresar esa molestia se hace apremiante, aunque la gota que derramó el vaso sea minúscula, menor a algunos de los chisguetes y chorros que ha presenciado antes. Así me pasó hoy al leer una semblanza de la pintora Joy Laville publicada por Jorge F. Hernández en Letras Libres de noviembre (p. 88-89), texto, por lo demás, muy disfrutable. Al describir la reticencia de Laville a exponer sus obras, Hernández dice que en las salas de exhibición “sus cuadros corren el riesgo de ser grafiteados por niños traviesos o del todo incomprendidos por damas sofisticadas que se creen sabihondas”. Desconozco si eso lo dijo la artista o es la interpretación de Hernández sobre lo que ella dijo o simplemente al escritor se le ocurrió que ayudaría a su texto explicar así la actitud de Laville. Por este desconocimiento me apena un poco usar este fragmento como pie para lo que voy a decir a continuación, que me disculpe el autor si sólo transcribió la voz de la pintora.

El asunto, mi asunto, es que, cuando se trata de retratar, criticar y burlarse de la banalidad y de la ignorancia, los intelectuales (hombres y mujeres), al escribir o dar entrevistas o en sus conversaciones, suelen encarnar esos defectos en las mujeres y los niños. Es raro que seleccionen a un varón como el ejemplo de sujeto superficial y estúpido que no llega a las alturas del conocimiento y el arte en las que el intelectual mora. Y no es que falten los ejemplos pero, al parecer, los hombres incultos suplen esta carencia con… ser hombres, sobre todo si son ricos. Porque los varones pobres, en especial, campesinos, sí llegan a ser objeto de las mofas intelectuales, aunque mucho menos que las mujeres de cualquier estrato social.

Además de superficiales, las mujeres del imaginario masculino (intelectual y no intelectual) son chismosas y emocionalmente inestables, sin importar que, al menos en mi experiencia, el chisme y los arrebatos emocionales fluyan por igual en caballeros y damas. De hecho, con base en algunos casos que conozco, me atrevo a proponer que un indicador para identificar a un hombre chismoso e histérico es que califique de tales a las mujeres.

Las esposas de los intelectuales se salvan un poco de todo eso. Cuando otro intelectual habla de las cónyuges de sus colegas, ellas tienen el dudoso honor de ser aludidas como “su bella esposa”, que tan graciosamente los atendió y escuchó en aquella memorable velada, aunque sean tan inteligentes, cultas y productivas como sus maridos.

Por otra parte, las mujeres son excluidas de otras formas de expresión que, al menos yo, encuentro agradables. Me refiero al apelativo “hermano”. No al que nos dirigen nuestros hermanos carnales o “de cariño” (que, por supuesto, es muy agradable), sino con el que nos distinguen aquellas personas que nos consideran compañeros de ideales y causas. Nunca he oído que un hombre le diga “hermana” a una mujer con la que tiene esa comunión de principios. Si acaso, es una “compañera”. Me pregunto si esto se debe a que no se considera a las mujeres dignas de entrar a ese círculo de hermandad o si se evita el término para dejar siempre abierta la posibilidad de otro tipo de relación sin incurrir en incesto.

Y los niños, siempre impredecibles e indignos de confianza, buenos para nada en la mente intelectual. No niego que haya lugares y situaciones que no se llevan bien con los niños y las niñas y reconozco que no todo el mundo tiene por qué encontrarles interesantes, pero eso no es lo mismo que ver a la infancia vacía de reflexión, de sensibilidad y de inteligencia. Son exceptuados de esta percepción los hijos e hijas de los intelectuales, pues o bien están siempre ausentes del escenario o son unos genios según sus padres, como ocurre con todos los padres.

Vaya, si lo que acabo de escribir tiene alguna relación con la realidad, mujeres y niñas y niños siguen siendo objeto de discriminación.

 

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Las parejas homosexuales ante las religiones. Fe, libertad y estado de derecho.

Las parejas del mismo sexo serán consideradas apóstatas por la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y podrían ser excomulgadas, según los cambios introducidos en su Manual de Instrucciones la semana pasada (el manual no está disponible en línea para todo público, pero se puede conocer la postura de la iglesia mormona a través de esta entrevista. Sus hijos no podrán ser parte de la iglesia hasta los 18 años y sólo si rechazan las relaciones entre personas del mismo sexo y dejan la casa de sus padres o madres.

Al mismo tiempo, la iglesia mormona ha ido mostrando una postura más tolerante de las parejas homosexuales en la sociedad en general y ha aceptado y hasta promovido las leyes en contra de la discriminación contra aquéllas. Uno de sus líderes declaró que las leyes antidiscriminatorias deben ser acatadas por los funcionarios públicos sin importar sus creencias personales.

Este caso de doble postura me parece digno de ser retomado en las discusiones mexicanas. Por una parte, la iglesia mormona respeta la ley civil a pesar de sus profundas convicciones acerca de la inmoralidad de las relaciones homosexuales. Eso es lo menos que podríamos esperar de las iglesias mexicanas de todas las denominaciones.

Por otra parte, las autoridades mormonas hacen lo que toda autoridad de una organización hace: definir sus reglas de ingreso y permanencia. Desde algunas perspectivas parecen arbitrarias o contradictorias, por decir lo menos, y aportan mucho al estudio del papel de las religiones en la sociedad, pero son suyas. Cualquier persona puede formar un grupo y decidir quién puede entrar y qué debe hacer para conservar su membresía. Yo, por ejemplo, podría crear un club al que sólo pudieran ingresar individuos que gusten de la música de The Beatles y que quieran compartir este aprecio con los otros miembros del club y con los externos a él. No importaría el sexo, la edad o la profesión, pero serían indispensables las características expresadas arriba. Alguien que despreciara la música del cuarteto, sería inelegible. Si ya estuviera dentro del club y se descubriera su actitud real hacia The Beatles, se le expulsaría. Me parece que es obvio que no tendría razón para quejarse.

¿Para qué poner este ejemplo junto al de la iglesia mormona? Porque ellos tienen todo el derecho de dar a su club las reglas que deseen. Quien quiera pertenecer a ese grupo, debe acatar esas reglas.

Yo mismo planteo una objeción a lo que acabo de escribir. Ser parte de una iglesia no es lo mismo que ser miembro de un club cultural. Esa pertenencia suele estar ligada no sólo a los valores más profundos de las personas sino a su identidad, a su historia personal. La mayoría de las personas creyentes han nacido y crecido en una iglesia y ser feligreses de ella es parte de su naturaleza. Incluso abrazar una fe en la edad adulta es una decisión de gran peso y producto de un proceso íntimo de cambio. Sea uno creyente desde la infancia o desde más tarde, ser expulsado o salirse por propia voluntad debido a desacuerdos con la iglesia, es una experiencia muy dolorosa.

¿Las iglesias tendrían que considerar los sentimientos y características de sus integrantes antes de imponer reglas por consideraciones doctrinales? ¿El Estado debería imponer a las iglesias normas internas antidiscriminatorias? ¿Los individuos deberían conformarse a las leyes de las iglesias en las que creen aunque éstas vayan en contra de otros elementos constitutivos de su personalidad?

Mis respuestas a estas preguntas son: quizá, no y no. En todo caso, pienso que los creyentes de las iglesias se podrían beneficiar de ver a éstas desde un punto de vista sociológico, es decir, desnaturalizarlas, lo que en este caso es lo mismo que desdivinizarlas. Por eso mi ejemplo del club. Un club de The Beatles no es menos una construcción social arbitraria que una iglesia. Tiene líderes e integrantes humanos que obedecen a una variedad de motivaciones. Los feligreses pueden atribuirles una autoridad y una validez divina a sus dichos y hechos pero la posición de poder de esos líderes, así como sus acciones y opiniones siguen siendo producto de relaciones sociales. La fijación de leyes y la toma decisiones podría ser democrática o autocrática. La mayoría de las iglesias tienen lo segundo.

Pero, si los creyentes quitan el carácter divino a sus líderes y estructuras religiosas, ¿qué queda de su fe? Esa pregunta se la debe contestar cada creyente que no está completamente de acuerdo con su institución. Mi impresión es que las personas con profundas convicciones religiosas siempre pueden conservar la esencia de ellas al tiempo que deciden que sus obispos, apóstoles, pastores, rabinos y gurús son tan divinos como el presidente del club de The Beatles. Algunas deciden permanecer en sus iglesias y luchar para hacerlas más democráticas, otras prefieren ejercer su fe al margen de esas instituciones.

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Chistes de políticos

Denigrar a los políticos como un grupo, no sólo a individuos, es un pasatiempo nacional al que me uno con frecuencia. Es divertido presentarlos como lo peor de nuestro país (y de casi todos los países) (o de todos). Lo hacemos con artículos periodísticos, con publicaciones en Facebook y con chistes; con un gesto escéptico cuando un político expresa una idea o con una frase de descalficación en una conversación de café.

He oído a personas muy serias y respetables oponerse a esta desacreditación generalizante, no a las críticas a actos específicos de políticos específicos. Ellas dicen que, al dar por hecho que todos son iguales, se contribuye a reforzar una idea de la política como una actividad despreciable, lo que lleva al desinterés por ella, con la consecuencia ulterior de dejar la conducción de México en las peores manos.

Además, se puede aducir, la satanización de los políticos, sobre todo acompañada de la idealización de los “ciudadanos”, es absurda e hipócrita. Los políticos también son ciudadanos. Y ser ciudadano no es garantía de probidad o desinterés.

Estoy de acuerdo, todos hacemos política, incidimos en la lucha por el poder de manera directa o indirecta. Lo hacemos al votar y al no votar; al buscar ser electos como “candidatos ciudadanos” o al ilusionarnos con una de esas figuras que se proclaman puras sólo porque no han tenido ocasión de ensuciarse; cuando emitimos opiniones o reproducimos opiniones tomadas de los diarios, la televisión o la radio o cuando hacemos una broma a costa de los políticos. Incluso cuando tratamos de mantenernos al margen de la política, estamos participando, de una manera curiosa, es cierto, en ella. Cuando pienso en esto, hasta me arrepiento de mis excesos en criticar al gremio de los políticos profesionales en su conjunto.

Pero escucho los spots electorales que están inundando la radio y las acusaciones que a través de ellos lanza un partido sobre los integrantes de otro. Y confirmo que algunas de esas denuncias están fundadas. Después caigo en la cuenta de la vulgaridad de esas acusaciones, ciertas o no; de lo corrientes que son incluso los spots de “propuesta”. Y veo que las propuestas son meras promesas vagas, que no hay una postura o un proyecto (¿lo tendrán pero sus cultos y refinados publicistas les aconsejan no revelarlos?). Cuando mucho hay una indignación por algo que hace otro partido que, por cierto, es lo mismo que el partido indignado ha hecho en otro momento.

Entonces, a riesgo de estar haciendo política de la manera equivocada, salgo a preguntar: ¿alguien tiene un buen chiste de políticos?

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En esencia

Ese sonido no es de una ola engrosándose mientras se desliza hacia la orilla. En esta calle vacía en sábado por la tarde, se trata de un automóvil de motor fino y, supongo, nuevo. Pero por un segundo, gracias a la brisa y a la comodidad de la silla sobre la que bebo un café cargado, me imagino en Veracruz y disfruto la esencia de unas vacaciones.

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Los pasos de Herodes. Jorge Ibargüengoitia a 30 años de su muerte.

Algunos piensan que la poesía describe el mundo ordinario con palabras inusitadas que nos hacen verlo de una manera diferente, y sorprendernos, conmovernos, sublimarnos. La prosa también puede mostrarnos otra cara del mundo. En el caso de Jorge Ibargüengoitia, muerto hace 30 años en un accidente aéreo en Madrid, su prosa nos revela la ridiculez, la comicidad y la ironía de actos humanos: la pose de un político al dar un discurso, los identificadores que le hemos dado a las imágenes de los héroes para que no se nos confundan (el paliacate en la cabeza de Morelos o la melena de Hidalgo) o los amores imposibles (y los posibles).

Ibargüengoitia en su estudio. (Imagen tomada de Revista Ir)

Ibargüengoitia negaba una intención cómica, afirmaba que así veía él las cosas. Creo que alguna vez dijo que así lo habían educado, como para evadir la responsabilidad. Pero en sus novelas y en sus artículos periodísticos aplicaba este poder desvelador de lo absurdo de maneras diferenciadas. Era despiadado con los políticos y personas con poder o aspirantes a tenerlo, y no se diga con los colegas escritores objeto de sus odios (en este caso, más bien, era venenoso). Por otra parte, era compasivo cuando mostraba los afanes descabellados de las personas comunes, él incluido. Y también podía burlarse con afecto y admiración, como en el artículo que escribió a la muerte de Rosario Castellanos. Según el blanco elegido, sus descripciones, diálogos y argumentaciones desatan desde sonrisas cómplices hasta insights carcajeantes.

Sus novelas y artículos son lugares a los que me gusta volver para reubicarme, reanimarme, distraerme y, sobre todo, para afinar la mirada, para recordar que puedo ver esta realidad de otras manera, que hasta la puedo imaginar otra.

Ibargüengoitia boy scout. (Imagen tomada de http://jorgeibarguengoitia.blogspot.mx/)

Pequeña muestra de su bibliografía

Novelas
Los relámpagos de agosto
Estas ruinas que ves
Los pasos de López
Cuentos
La ley de Herodes
Artículos periodísticos
Instrucciones para vivir en México
Autopsias rápidas

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